REFLEXIÓN DEL EVANGELIO – VIERNES SANTO

HE AQUÍ AL HOMBRE

(Juan 18, 1-19, 42)

Ecce homo. «He aquí al hombre». Jesús está flagelado, sus carnes abiertas y
ensangrentadas. Su cabeza está encajada en una corona de espinas. Está humillado
por los golpes y salivazos. «He aquí». Ahí está. Realmente Dios está ahí, en ese
estado de postración. Realmente Dios está ahí en lo más bajo de la vida humana,
donde la vida humana ha traspasado las fronteras de la moralidad y bordea la
muerte. Ahí está Dios, donde el hombre ya casi no es hombre, donde la vida
humana ha sido tratada de forma inhumana y no es casi vida, sino muerte. Donde
la vida humana preferiría ser muerte. Ahí está Dios. Hasta ahí ha descendido Dios,
y aún descenderá más… ¡A la muerte misma! Pero ahí se nos pone ahora, se detiene
en el borde de la muerte, y lo recorre lentamente. Una muerte rápida le habría
ahorrado dolores.
Pero Dios se detiene al borde de la muerte como varón de dolores. Con su traspaso,
Dios abre espacio en su muerte como hombre a la muerte de todos los hombres.
Cristo muere todas las muertes. Alargando su muerte, absorbe en su cuerpo todos
los golpes, todos los sufrimientos, toda la desesperación de la humanidad cuando
ya no puede esperar de la vida. Ahí Dios es ese hombre, y así es todos los hombres.
«He aquí al hombre». Ahí está Dios; ahí está el hombre. No hay sitio donde el
hombre esté en el que Dios no esté también. Ahí están los dos, incluso cuando la
vida parece que no va a comparecer, en el camino de la muerte.

Alfa y Omega

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