REFLEXIÓN DEL EVANGELIO – DOMINGO XII TIEMPO ORDINARIO – CICLO A

Mt 10, 26-33.

El Evangelio de este domingo nos sitúa ante una de las invitaciones más repetidas y profundas de Jesús a sus discípulos: «No tengáis miedo». El Señor conoce bien el corazón humano; sabe de nuestras fragilidades, de las incertidumbres que nos asaltan en el día a día y de cómo el temor puede llegar a paralizarnos. Por eso, sus palabras no son un simple consejo de autoayuda, sino una llamada radical a la confianza basada en una certeza absoluta: valemos mucho más que los gorriones del cielo y hasta los cabellos de nuestra cabeza están contados por Dios.

En nuestra vida cotidiana, a menudo experimentamos el miedo en muchas de sus formas. Nos asusta el futuro, la enfermedad, la incomprensión de quienes nos rodean o el riesgo de ser señalados por vivir nuestra fe con coherencia en un mundo que tantas veces camina en dirección contraria. Jesús no nos engaña ni nos promete un camino libre de dificultades. Sin embargo, nos ofrece el criterio verdadero para situar cada cosa en su justo lugar al advertirnos que no temamos a los que matan el cuerpo, sino a aquellos que pueden destruir el alma.

Esta distinción es clave para nuestra vida cristiana. Con frecuencia gastamos una enorme cantidad de energía, tiempo y preocupación en proteger lo exterior, lo material y lo inmediato, descuidando aquello que verdaderamente nos da la vida: nuestra relación con Dios y nuestra capacidad de amar. El verdadero peligro no está en los contratiempos externos que podamos sufrir, sino en permitir que se nos seque el corazón, que se enfríe la esperanza o que el desaliento nos aparte de la comunidad. Quien puede dañar el alma es todo aquello que nos tienta a vivir como si Dios no existiera.

Frente a esos temores que nos encogen, el Evangelio de hoy es un soplo de aire fresco y un recordatorio de nuestra dignidad. Dios no es un juez distante ni un espectador indiferente a nuestros problemas; es un Padre entrañable que cuida con delicadeza de cada detalle de nuestra existencia. Esta convicción es la que nos permite vivir con una santa libertad. Cuando nos sabemos profundamente amados y sostenidos por Él, los miedos del mundo pierden su fuerza. Que este domingo sea una oportunidad para renovar nuestra confianza, poner en sus manos lo que nos preocupa y salir a la calle a testificar nuestra fe con alegría, sencillez y sin complejos.

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