REFLEXIÓN DEL EVANGELIO – JUEVES SANTO

PERMANECE CON NOSOTROS

Jueves Santo

En la conciencia de Jesús cobra forma concretísima su destino: «Sabiendo Jesús
que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre». Sabía al modo
humano ahora lo que sabía al modo divino. Esto es, concibió en su imaginación y en
su mente humanas el tiempo en el que iba a producirse lo que esperaba se
produjese. Y en ese mismo instante, en ese mismo acto de imaginación y raciocinio,
los suyos ocupan su mente y su corazón: «Habiendo amado a los suyos que estaban
en el mundo, los amó hasta el extremo». Al ver que tiene que marcharse ya, que
pasar de este mundo al Padre, se llena de nostalgia. Todavía está con los suyos y ya
los echa de menos. Desea cumplir la voluntad del Padre y estar con el Padre, pero
ese deseo no se desprende de su deseo de quedarse con los suyos, de permanecer
abajo entre los hombres. El deseo de subir y el deseo de bajar coinciden
absolutamente en Jesús. Parece que su amor está destinado a romperse, porque su
corazón quiere correr en dos direcciones aparentemente opuestas.
Pero dicha oposición es solo aparente. Porque su amor «hasta el extremo» cubre la
distancia entre los extremos, entre lo alto de Dios y lo bajo de los hombres. Cristo
ya había hecho coincidir su descenso con un ascenso, porque al bajar a ser hombre
nos elevó a la compañía de divina. Ahora puede hacer de su ascenso un descenso,
porque va a quedarse con nosotros en su marcha al Padre: «Jesús, sabiendo que el
Padre había puesto todo en sus manos, que venía de Dios y a Dios volvía, se levanta
de la cena, se quita el manto y, tomando una toalla, se la ciñe; luego echa agua en la
jofaina y se pone a lavarles los pies a los discípulos, secándoselos con la toalla que
se había ceñido». Jesús, en su momento de ascender, se humilla aún más para
permanecer siempre con nosotros «como el que sirve». Ese servicio por el que
nuestros pies quedan purificados, por el que podemos caminar hacia Dios, es la
misma Eucaristía. Mediante la Eucaristía, Cristo permanece con nosotros, a
nuestros pies, entregado por nuestros pecados. Al participar de esa cena vivimos
de su muerte por nosotros, y nos encaminamos con los pies limpios hacia Dios.

Alfa y Omega

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