REFLEXIÓN DEL EVANGELIO – DOMINGO DE NAVIDAD

En la noche resplandece una luz. Un ángel aparece, la gloria del Señor envuelve a
los pastores y finalmente llega el anuncio esperado durante siglos: «Hoy […] les ha
nacido un Salvador, que es el Mesías, el Señor» (Lc 2,11). Pero lo que agrega el
ángel es sorprendente. Indica a los pastores cómo encontrar a Dios que ha venido a
la tierra: «Y esta será la señal para ustedes: encontrarán a un niño recién nacido
envuelto en pañales y acostado en un pesebre» (v. 12). Este es el signo: un niño.
Eso es todo: un niño en la dura pobreza de un pesebre. No hay más luces, ni
resplandores, ni coros de ángeles. Sólo un niño. Nada más, como había
preanunciado Isaías: «Un niño nos ha nacido» (Is 9,5).
El Evangelio insiste en este contraste. Narra el nacimiento de Jesús a partir de
César Augusto, que ordenó realizar un censo del mundo entero. Muestra al primer
emperador en su grandeza. Pero, inmediatamente después, nos lleva a Belén,
donde no hay nada grande, sólo un niño pobre envuelto en pañales, con unos
pastores a su alrededor. Y allí está Dios, en la pequeñez. Y este es el mensaje: Dios
no cabalga en la grandeza, sino que desciende en la pequeñez. La pequeñez es el
camino que eligió para llegar a nosotros, para tocarnos el corazón, para salvarnos y
reconducirnos hacia lo que es realmente importante.
Y nosotros, preguntémonos, ¿sabemos acoger este camino de Dios? Es el desafío de
Navidad: Dios se revela, pero los hombres no lo entienden. Él se hace pequeño a los
ojos del mundo y nosotros seguimos buscando la grandeza según el mundo, quizá
incluso en nombre suyo. Dios se abaja y nosotros queremos subir al pedestal. El
Altísimo indica la humildad y nosotros pretendemos brillar. Dios va en busca de los
pastores, de los invisibles; nosotros buscamos visibilidad, hacernos notar. Jesús
nace para servir y nosotros pasamos los años persiguiendo el éxito. Dios no busca
fuerza y poder, pide ternura y pequeñez interior.
Esto es lo que podemos pedir a Jesús para Navidad: la gracia de la pequeñez.
“Señor, enséñanos a amar la pequeñez. Ayúdanos a comprender que es el camino
para la verdadera grandeza”. Pero, ¿qué quiere decir, concretamente, acoger la
pequeñez?
En primer lugar, quiere decir creer que Dios quiere venir en las pequeñas cosas de
nuestra vida, quiere habitar las realidades cotidianas, los gestos sencillos que
realizamos en casa, en la familia, en la escuela, en el trabajo. Quiere realizar, en
nuestra vida ordinaria, cosas extraordinarias. Es un mensaje de gran esperanza:
Jesús nos invita a valorar y redescubrir las pequeñas cosas de la vida. Si Él está ahí
con nosotros, ¿qué nos falta?
Pero aún hay más. Jesús no quiere venir sólo a las cosas pequeñas de nuestra vida,
sino también a nuestra pequeñez: cuando nos sentimos débiles, frágiles, incapaces,
incluso fracasados. Hermana, y hermano, si, como en Belén, la oscuridad de la
noche te rodea, si adviertes a tu alrededor una fría indiferencia, si las heridas que
llevas dentro te gritan: “Cuentas poco, no vales nada, nunca serás amado como
anhelas”, esta noche, si percibes esto, Dios responde y te dice: “Te amo tal como
eres. Tu pequeñez no me asusta, tus fragilidades no me inquietan. Me hice pequeño
por ti. Para ser tu Dios me convertí en tu hermano”.

Acoger la pequeñez también significa abrazar a Jesús en los pequeños de hoy; es
decir, amarlo en los últimos, servirlo en los pobres. Ellos son los que más se
parecen a Jesús, que nació pobre. Es en ellos que Él quiere ser honrado. Que en esta
noche de amor nos invada un único temor: herir el amor de Dios, herirlo
despreciando a los pobres con nuestra indiferencia. Son los predilectos de Jesús,
que nos recibirán un día en el cielo.
Miremos otra vez más el nacimiento. Volvamos a Belén. Nos hace bien ir allí,
dóciles al Evangelio de Navidad que presenta a la Sagrada Familia, a los pastores y
a los magos: toda gente en camino. Hermanos, y hermanas, pongámonos en
camino, porque la vida es una peregrinación. Levantémonos, volvamos a despertar
porque en esta noche ha brillado una luz. Es una luz amable y nos recuerda que en
nuestra pequeñez somos hijos amados, hijos de la luz (cf. 1 Ts 5,5). Hermanos y
hermanas, alegrémonos juntos, porque nadie podrá apagar nunca esta luz, la luz de
Jesús, que desde esta noche resplandece en el mundo.

Papa Francisco. Nochebuena de 2021

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