REFLEXIÓN DEL EVANGELIO DEL DOMINGO XXVIII DEL TIEMPO ORDINARIO

Marcos 10, 17-30

AUTOSUFICIENCIA AUTOJUSTIFICACION

Sentirse bueno es una peligrosa forma de autocomplacencia orgullosa que algunos confunden con ser cristiano. Sentirse bueno es apropiarse de un adjetivo que sólo corresponde a Dios. «No hay nadie bueno más que Dios». Quien se siente bueno, se autodiviniza, y subido al trono, se cree con derecho a condenar a quienes él mismo se encarga de calificar de malos.

El joven del Evangelio es lo que suele llamarse «un chico bueno». ¿Qué más se le puede pedir?. Buenos modales, honrado, obediente, trabajador, pacífico, bien pensante y bien hablado… Más de un padre comentará: ¡un hijo así quisiera para mí!. Pero ¿es eso un cristiano, un testigo de la vida eterna?. Este tipo es muy cercano a muchos de los que se acercan a la Iglesia. Ante el Sacramento de la Penitencia, le es difícil extraer de su vida algo más que cierta negligencia en la oración, algún pensamiento impuro. Si le preguntan por su amor a Dios, responderá sin vacilar: ¡Desde niño lo aprendí de mi madre! Tipo abundante, sobre todo en las clases más tradicionales.

Pero este tipo de persona, sobre todo si es joven, suele tener la confusa impresión de que hay algo que no alcanza. No termina de aclararse sobre qué le ocurre: él es un cumplidor, pero intuye que el Maestro apunta otra dirección. ¿Qué me falta para ser cristiano? Ojalá no tropiece con un cándido educador que le diga: «¡Ay, hijo mío!. Jóvenes como tú es lo que necesitamos». Peor todavía si fomenta en él la raíz farisea que todos llevamos dentro: «¡Con los jóvenes que andan por ahí: drogatas, amorales, rebeldes, violentos…!». «Jesús se le quedó mirando con cariño». Es una traducción que me sabe a educador cándido. Me gusta más otra traducción: «Fijando en él su mirada, le amó». Me parece más acorde con otras miradas de Jesús. Jesús mira al «chico bueno» con la mirada de amor que tiene para los pecadores: Judas, Pedro, Zaqueo, la adúltera…

Allí había un joven idólatra del dinero, necesitado de perdón y de luz. Personas necesitadas de un fogonazo como el Evangelio de hoy que los ilumine y los salve. Una especie de shock que les despierte y les haga abrir los ojos a una realidad que desconocen: Dios es para ellos como un objeto decorativo religioso que les ayuda a instalarse en la sociedad cuyo visto bueno buscan; pero no es centro, ni quicio, ni motor de su vida. Pensando cumplir los mandamientos, han olvidado el que es primero y raíz de todos: «Escucha, Israel: El Señor nuestro Dios es el único Señor. Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas» (Mc. 12, 29-30).

El joven escuchó. Se fue pesaroso, pero desalienado, desengañado, iluminado: ahora sabe que en su vida hay algo más importante que Dios: sus bienes. Y con esta carga, qué difícil afrontar el amor al prójimo. ¡El, que creía cumplir todos los mandamientos!. Si la Palabra de hoy apesadumbra a alguien porque se siente sacudido en los cimientos, ya ha cumplido un servicio: descubrirle sobre qué edifica su vida. Mal servicio se presta al mundo cuando el miedo obliga a aguar la Palabra, echando balones fuera para no herir sensibilidades burguesas: esto no es para «buenos» sino para «perfectos»; digamos que para frailes y monjas. Ocurre que el Evangelio se redacta para toda la Comunidad Cristiana, antes de que hubiera frailes y monjas. ¿A quién se leía en las comunidades de S. Marcos?. Habían de escucharlo hombres normales de trabajo y familia, que confrontan así su posible sentimentalismo religioso con esta Palabra que llama a reconocer a Dios como único: «Vende lo que tienes, dalo a los pobres y sígueme».

Si la Palabra viene a salvar, ¿cómo privar de ella a los que ponen su confianza en el dinero? Si para ellos es prácticamente imposible salvarse ¿cómo negarles el instrumento de Dios para conseguirlo?. Dios lo puede todo, como lo testifica el Evangelio de Zaqueo y la historia de millones de pobrezas voluntarias y de riquezas compartidas fraternalmente y sin orgullo con los pobres en la vida de la Iglesia.

Tan cierta como la necesidad de hacer un desplante al dinero para que en el hombre se cumplan los dos grandes mandamientos -Dios y el prójimo-, lo es la promesa de Jesús a los que renuncian: Cien veces más, aunque con persecuciones. Que el secularismo ambiente no oculte la promesa a quienes se acercan a la Iglesia preguntando. Todos tienen derecho a esta Sabiduría, más valiosa que el poder, la riqueza, las joyas, el oro o la plata. «Todos los bienes juntos me vinieron con ella».

MIGUEL FLAMARIQUE VALERDI
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