REFLEXIÓN DEL EVANGELIO DEL DOMINGO XXVI DEL TIEMPO ORDINARIO

Marcos 9, 38-43. 45. 47-48

El discípulo Juan dice a Jesús: «Maestro, hemos visto a uno que echaba demonios en tu nombre, y se lo hemos querido impedir, porque no es de los nuestros». Merece la pena reflexionar sobre esta expresión. Jesús había llamado a algunos «para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar» (Mc 3,14); los había llamado para enseñarles a comprender y a vivir su mensaje de amor, de libertad, de entrega, para que penetraran en su propia comprensión de Dios, y tropieza con la inevitable estrechez de miras: «éste no es de los nuestros». No habían comprendido aún a Jesús pero les había entrado ya el complejo de grupo.

GRUPO/PELIGROS: Este es un grave peligro de todo grupo, tanto del cristiano como de los demás. Juzgar a una persona o a una actuación según sea o no de mi grupo. Sentir la necesidad de afirmar el propio grupo por oposición, distinción o separación de los demás.

Este es «de los nuestros» y aquel «no es de los nuestros». Los nuestros son los buenos, los demás, los malos; las faltas de los nuestros son justificables, las de los demás son de una extrema malicia; las cosas buenas de los demás tampoco son tan buenas y a la larga se llegan a negar…

Contemplado desde la perspectiva de la fe, nos cuesta mucho comprender que uno «de los otros» pueda hacer el bien «en nombre de Cristo», es decir, de la Verdad, de la Justicia y la Paz, que pueda «echar demonios», es decir, sacar eficazmente el mal del mundo por la fuerza del Señor. Nos cuesta aceptar que las organizaciones «de los otros» tienen resultados positivos…

-«El que no está contra nosotros está a favor nuestro»

Es la respuesta del Hombre grande de Espíritu, magnánimo, de quien conoce a Dios y comprende el misterio de toda la vida humana. Todo hombre que hace el bien vive ya según el Espíritu, esté donde esté. Hay otra frase de Jesús que parece distinta: «Quién no está conmigo, está contra mí, y el que no recoge conmigo, desparrama» (/Mt/12/30) pero dice lo mismo. Quien no vive según el Espíritu de Libertad y de Amor está contra Jesús y trabaja contra el hombre.

Nosotros somos miembros de la Iglesia; somos una comunidad. Nos define, precisamente, confesar a Dios Padre y seguir a Jesucristo, es decir, confesar que Dios es Padre de todos los hombres, no sólo de nosotros, que su Espíritu se encuentra en el corazón de todos aquellos que viven según el Evangelio: esto define a la Iglesia como una comunidad abierta, que confiesa la presencia de Dios allí donde haya pequeñas manifestaciones de Verdad y de Justicia, aunque «no sean de los nuestros» porque entonces «ya son de los nuestros».

G. MORA
MISA DOMINICAL

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