REFLEXIÓN DEL EVANGELIO – 2DO DOMINGO DE PASCUA

RECORRIDO HACIA LA FE

Estando ausente Tomás, los discípulos de Jesús han tenido una experiencia
inaudita. En cuanto lo ven llegar se lo comunican llenos de alegría: «Hemos visto al
Señor». Tomás los escucha con escepticismo. ¿Por qué les va creer algo tan
absurdo? ¿Cómo pueden decir que han visto a Jesús lleno de vida, si ha muerto
crucificado? En todo caso, será otro.
Los discípulos le dicen que les ha mostrado las heridas de sus manos y su costado.
Tomás no puede aceptar el testimonio de nadie. Necesita comprobarlo
personalmente: «Si no veo en sus manos la señal de sus clavos… y no meto la mano
en su costado, no lo creo». Solo creerá en su propia experiencia.
Este discípulo, que se resiste a creer de manera ingenua, nos va a enseñar el
recorrido que hemos de hacer para llegar a la fe en Cristo resucitado a los que ni
siquiera hemos visto el rostro de Jesús, ni hemos escuchado sus palabras, ni hemos
sentido sus abrazos.
A los ocho días se presenta de nuevo Jesús. Inmediatamente se dirige a Tomás. No
critica su planteamiento. Sus dudas no tienen para él nada de ilegítimo o
escandaloso. Su resistencia a creer revela su honestidad. Jesús le entiende y viene a
su encuentro mostrándole sus heridas.
Jesús se ofrece a satisfacer sus exigencias: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos.
Trae tu mano, aquí tienes mi costado». Esas heridas, antes que «pruebas» para
verificar algo, ¿no son «signos» de su amor entregado hasta la muerte? Por eso
Jesús le invita a profundizar más allá de sus dudas: «No seas incrédulo, sino
creyente».
Tomás renuncia a verificar nada. Ya no siente necesidad de pruebas. Solo
experimenta la presencia del Maestro, que lo ama, lo atrae y le invita a confiar.
Tomás, el discípulo que ha hecho un recorrido más largo y laborioso que nadie
hasta encontrarse con Jesús, llega más lejos que nadie en la hondura de su fe:
«Señor mío y Dios mío». Nadie ha confesado así a Jesús.
No hemos de asustarnos al sentir que brotan en nosotros dudas e interrogantes.
Las dudas, vividas de manera sana, nos rescatan de una fe superficial que se
contenta con repetir fórmulas, sin crecer en confianza y amor. Las dudas nos
estimulan a ir hasta el final en nuestra confianza en el Misterio de Dios encarnado
en Jesús.
La fe cristiana crece en nosotros cuando nos sentimos amados y atraídos por ese
Dios cuyo rostro podemos vislumbrar en el relato que los evangelios nos hacen de
Jesús. Entonces, su llamada a confiar tiene en nosotros más fuerza que nuestras
propias dudas. «Dichosos los que crean sin haber visto».

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