REFLEXIÓN DEL EVANGELIO QUINTO DOMINGO DE PASCUA – CICLO C

Juan (13,31-33a.34-35)

«Os doy un mandamiento nuevo»

Uno. No necesitarán otras leyes. Los códigos hay que reducirlos, porque si no se convierten en cargas durísimas y yugos insoportables. Hoy también la Iglesia va reduciendo sus cánones: los 2.414 del código antiguo quedan en 1.752. Jesús se limita a un mandamiento.

Mandamiento: que os améis unos a otros. Diríase que más que un mandamiento es una necesidad. ¿Se puede mandar amar? Un amor forzado no sería verdadero. Con este mandamiento, Jesús quiere expresarnos lo que realmente necesitamos. ¿Se puede vivir sin amar? El amor es nuestra savia y nuestro aliento. Ni un solo minuto sin amor, ni un solo momento sin ser amado. El que no ama se atrofia y muere; el que no es amado se seca y muere. 103.000 latidos del corazón al día por amor, 20.000 veces respirando por amor.

Una gracia. Antes que mandamiento, el amor es un don. No podía Jesús mandarnos amar, si no nos hubiera amado él primero. Ni nos podría exigir el amor, si no nos diera antes la capacidad para realizarlo. ¿Cómo podríamos nosotros amar con un corazón de piedra? Sólo Dios puede cambiar nuestro corazón de piedra en un corazón de carne. Dios nos capacita para amar amándonos.

«Nuevo». ¿Cómo nuevo? Nada más antiguo que el amor. La exigencia del amor es algo muy antiguo, es cosa de siempre. Es la ley primera del hombre, la realidad fundante de la humanidad. Podemos afirmar que el hombre empezó a ser hombre cuando aprendió a amar.

«Como yo». Pero el mandamiento de Jesús es nuevo. Nuevo por la extensión y por la intensidad, por el estilo, el modo y las calidades. Jesús nos pide que amemos como él. En eso está lo nuevo, no en el qué, sino en el «como». Amor como el de Jesús, es decir, gratuito, generoso, universal, incondicional, sin límites. Lo nuevo está en la ruptura de límites. Nosotros ponemos límites a todas las cosas: limitamos las personas, el tiempo, la intensidad. ¡Sin límites! Amar a todos, especialmente a los que más lo necesitan. Amar incluso a los que te resultan desagradables. Amar incluso a los que te ofenden y te odian. Sin límites: amar a lo largo de los días y los años; amar hasta la muerte y aun más allá de la muerte. Sin límites: hasta despojarte de todo, hasta gastarte del todo, hasta darte todo. O sea, amar a todos y del todo y en todo. Esto era algo tan nuevo que hubo que inventar la palabra. No el eros ni la filía, sino el ágape: la bendición de Dios.

-La señal de los discípulos

«La señal por la que conocerán que sois mis discípulos» A veces discutimos sobre la identidad cristiana. Parecen discusiones bizantinas. Lo que caracteriza al cristiano es el amor como el de Cristo. Al cristiano no se le reconocerá sólo por sus rezos, sus leyes, sus dogmas, sus ritos, sino por la vivencia del amor. Cristiano no es el más sabio, el más «piadoso», el más mortificado, el más influyente, sino el que más ama. El amor es nuestra marca viva. Y si hacemos la señal de la cruz para identificarnos, es porque la cruz es el signo del amor más grande, el verdadero amor cristiano.

CARITAS
FUEGO EN LA TIERRA
CUARESMA Y PASCUA 1989.Págs. 179-181

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