REFLEXIÓN DEL EVANGELIO – DOMINGO 5° DE CUARESMA

PERDER PARA GANAR. FECUNDIDAD INSOSPECHADA

(Jn 12.20-33)

Con el texto de este último domingo de Cuaresma nos vamos situando en el pórtico
de la Semana Santa. Es decir, en las consecuencias de una existencia vivida al modo
de Jesús. Jesús muere no solo como consecuencia de su encarnación. Es decir,
porque los hombres y las mujeres, morimos, sino que Jesús muere porque los
hombres y las mujereas matan. En este texto Jesús revela el verdadero sentido de
la existencia humana, que no es otro que estar dispuestos a entregarla por amor.
Pero el amor no es un ideal “blando” ni romántico, sino que pasa por el
descentramiento de uno mismo, y la vivencia de una fidelidad y libertad conflictiva,
vividas desde el convencimiento y la confianza en su  fecundidad misteriosa. Una
fecundidad que no es “automática”, sino sembradora de un futuro alternativo. La
lógica del evangelio no es exitosa ni triunfalista. El mesianismo de Jesús es
un mesianismo descalzo que nos invita como iglesia a situarnos al lado de los
perdedores y perdedoras de la historia para, desde abajo y desde dentro, señalar
que es urgente y necesario otro mundo posible, sin primeros ni últimos, e ir
alumbrándolo, desde la práctica de la gratuidad y el amor generoso, que antepone
el bien común a los intereses  privados.
Esta lógica chirria frontalmente con el individualismo dominante, el sálvese quien
pueda, la meritocracia, o el no todas las vidas importan, que son algunos de los
dogmas actuales que colonizan nuestras conciencias y sensibilidad. Pero el
evangelio nos hace otra propuesta alternativa: la  Fraternidad, que se  construye
desde un nosotros inclusivo y no desde el yo narcisista.  El camino de la 
fraternidad lleva muchas veces a un aparente “perder para ganar” y a trabajar con
conciencia del a largo plazo, pero con la confianza profunda  en que  lo que no  se da
no se pierde y lo entregado gratuitamente puede ser semilla de un futuro inédito.
Sin embargo, una interpretación literalista de este texto puede conducir a una
inadecuada en la comprensión de la autoestima y el amor a uno mismo como una
realidad no querida por Dios. Sin embargo, solo desde el amor y el reconocimiento
de la propia dignidad humana en cada uno de nosotros podemos amar  y reconocer
la de otros. El problema es cuando convertimos nuestro yo y nuestras necesidades
personales en la medida de lo humano y en el centro de nuestros ideales y
acciones, olvidando que somos en interdependencia y  en relación  y que solo
desde este ser en comunión y en projimidad alcanzamos nuestra plenitud como
personas. Vivir de esta manera tiene sus dificultades, pero también nos lleva a
tener existencias que merezcan la alegría y el sentido de ser vividas y en esa
aventura experimentar que el Dios de Jesús hace camino con nosotras
sosteniéndonos y alentándonos de una forma insospechada, desde el misterio de la
Pascua.

Pepa Torres Pérez

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