REFLEXIÓN DEL EVANGELIO – DOMINGO 34º DEL TIEMPO ORDINARIO – CICLO A

LO DECISIVO

El relato no es propiamente una parábola sino una evocación del juicio final de
todos los pueblos. Toda la escena se concentra en un diálogo largo entre el Juez que
no es otro que Jesús resucitado y dos grupos de personas: los que han aliviado el
sufrimiento de los más necesitados y los que han vivido negándoles su ayuda.
A lo largo de los siglos los cristianos han visto en este diálogo fascinante «la mejor
recapitulación del Evangelio», «el elogio absoluto del amor solidario» o «la
advertencia más grave a quienes viven refugiados falsamente en la religión».
Vamos a señalar las afirmaciones básicas.
Todos los hombres y mujeres sin excepción serán juzgados por el mismo criterio.
Lo que da un valor imperecedero a la vida no es la condición social, el talento
personal o el éxito logrado a lo largo de los años. Lo decisivo es el amor práctico y
solidario a los necesitados de ayuda. 
Este amor se traduce en hechos muy concretos. Por ejemplo, «dar de
comer», «dar de beber», «acoger al inmigrante», «vestir al desnudo», «visitar
al enfermo o encarcelado». Lo decisivo ante Dios no son las acciones religiosas,
sino estos gestos humanos de ayuda a los necesitados. Pueden brotar de una
persona creyente o del corazón de un agnóstico que piensa en los que sufren.
El grupo de los que han ayudado a los necesitados que han ido encontrando en su
camino, no lo han hecho por motivos religiosos. No han pensado en Dios ni en
Jesucristo. Sencillamente han buscado aliviar un poco el sufrimiento que hay en el
mundo. Ahora, invitados por Jesús, entran en el reino de Dios como «benditos del
Padre».
¿Por qué es tan decisivo ayudar a los necesitados y tan condenable negarles la
ayuda? Porque, según revela el Juez, lo que se hace o se deja de hacer a ellos, se le
está haciendo o dejando de hacer al mismo Dios encarnado en Cristo. Cuando
abandonamos a un necesitado, estamos abandonando a Dios. Cuando aliviamos su
sufrimiento, lo estamos haciendo con Dios.
Este sorprendente mensaje nos pone a todos mirando a los que sufren. No hay
religión verdadera, no hay política progresista, no hay proclamación responsable
de los derechos humanos si nos es defendiendo a los más necesitados, aliviando su
sufrimiento y restaurando su dignidad.
En cada persona que sufre Jesús sale a nuestro encuentro, nos mira, nos interroga
y nos suplica. Nada nos acerca más a él que aprender a mirar detenidamente el
rostro de los que sufren con compasión. En ningún lugar podremos reconocer con
más verdad el rostro de Jesús.

José Antonio Pagola
Publicado en www.gruposdejesus.com

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