REFLEXIÓN DEL EVANGELIO – DOMINGO 12º TIEMPO ORDINARIO – CICLO A

APRENDER A CONFIAR EN DIOS

Estoy convencido de que la experiencia de Dios, tal como la ofrece y comunica
Jesús, infunde siempre una paz inconfundible en nuestro corazón, lleno de
inquietudes, miedos e inseguridades. Esta paz es casi siempre el mejor signo de
que hemos escuchado desde el fondo de nuestro ser su llamada: «No tengáis
miedo, no hay comparación entre vosotros y los gorriones».

¿Cómo acercarnos a ese Dios?
Tal vez, lo primero es detenernos a experimentar a Dios solo como amor. Todo lo
que nace de él es amor. De él solo nos llega vida, paz y bien. Yo me puedo apartar
de él y olvidar su amor, pero él no cambia. El cambio se produce solo en mí.

Él nunca deja de amarme.
Hay algo todavía más conmovedor. Dios me ama incondicionalmente, tal como soy.
No tengo que ganarme su amor. No tengo que conquistar su corazón. No tengo que
cambiar ni ser mejor para ser amado por él. Más bien, sabiendo que me ama así,
puedo cambiar, crecer y ser bueno.
Ahora puedo pensar en mi vida: ¿qué me pide Dios?, ¿qué espera de mí? Solo que
aprenda a amar. No sé en qué circunstancias me puedo encontrar y qué decisiones
tendré que tomar, pero Dios solo espera de mí que ame a las personas y busque su
bien, que me ame a mí mismo y me trate bien, que ame la vida y me esfuerce por
hacerla más digna y humana para todos. Que sea sensible al amor.
Hay algo que no he de olvidar. Nunca estaré solo. Todos «vivimos, nos movemos y
existimos» en Dios. Él será siempre esa presencia comprensiva y exigente que
necesito, esa mano fuerte que me sostendrá en la debilidad, esa luz que me guiará
por sus caminos. Él me invitará siempre a caminar diciendo «sí» a la vida. Un día,
cuando termine mi peregrinación por este mundo, conoceré junto a Dios la paz y el
descanso, la vida y la libertad.

José Antonio Pagola
Publicado en www.gruposdejesus.com

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