REFLEXIÓN DEL EVANGELIO DEL DOMINGO XXV DEL TIEMPO ORDINARIO

Marcos 9, 30-37

La deshumanización del tener

Decididamente, nuestra sociedad mide el valor del hombre con el metro del tener; el «tanto tienes, tanto vales» que ya oíamos decir -todavía con un deje de lamento a nuestros abuelos, ha alcanzado hoy día una fuerza suprema: se admira y se envidia al que tiene, se intenta emular al que tiene, se busca la cercanía del que tiene, se da preferencia al que tiene, se respeta al que tiene, se pone de ejemplo y modelo al que tiene, se le da más al que más tiene.

Pero esta manera de entender al hombre y vivir la vida es deshumanizadora; tener significa:

-vivir sin esfuerzo, y la vida es tarea;

-no tener problemas, y la vida es superación;

-no recibir críticas, y la vida es aprender de los errores;

-apoyarse en lo que uno tiene, y la vida se apoya en lo que uno es;

-sentirse dueño de sí mismo, y la vida la tenemos en usufructo, pero no en posesión absoluta;

-sentirse seguro de sí mismo, y la vida es aventura y riesgo.

-contentarse con la materialidad, y el hombre es apertura a la transcendencia, a Dios.

El tener deshumaniza, porque cierra los ojos, embota el corazón y la mente, impide valorar el ser -profundidad- a quien se conforma con el tener -superficialidad-, y esto tanto si se es de los que tienen como si se es de los que ambicionan. Lo que se posee siempre será ajeno a uno mismo; identificarse uno con sus posesiones siempre será un error; que sean muchos los que caen en él, que nuestra sociedad lo fomente no significa que haya que aceptarlo como no-error.

La deshumanización del mandar: PODER/SERVICIO 

Paralela a la deshumanización del tener camina la deshumanización del poder.

Todos quieren mandar, todos quieren tener poder, sea del grado o del tipo que sea; del presidente de la nación al albañil que ordena a un aprendiz, todos buscan su grande o pequeña parcela de poder. Y el poder, que se supone es la autorización que el pueblo da a algunos para que organicen la vida y la sociedad, termina por ser el camino para imponer, oprimir, manipular, dominar.

Entender el poder como servicio es difícil, por más que todos lo definan así en la práctica. Todos quieren estar arriba para tener a alguien por debajo, sentirse superiores, disponer sobre vidas y haciendas -como los señores feudales- o, al menos, poder gritar al subordinado, poner en evidencia su inferioridad.

El poder así entendido es propio de inhumanos, de quienes no han sido capaces de madurar como personas y se cobijan al amparo de la cuota de poder que les haya correspondido en suerte para crecerse, auto-afirmarse, buscar su propia seguridad. Lo malo es que se hace a costa del que está debajo, al que se desprecia, se oprime, se insulta, se esclaviza, se somete. Y así surge una espiral de poder inhumano, que crece y deshumaniza más y más.

Por eso Jesús advierte tan seriamente ante la tentación de buscar el poder. Y propone para sus discípulos la única forma humanizadora de entender el poder y la autoridad:

-el que quiera ser el primero, tiene que hacerse el último;

-la única forma válida de autoridad es el servicio;

-por eso, el primero es el que más sirve, no el que más poder detenta;

-el orgullo y la presunción, tan típicas en las autoridades (siempre buscando los privilegios protocolarios y otros) ponen al hombre en evidencia, acaban por mostrarlo ridículo; sólo la humildad nos hace comprender y vivir la verdad de lo que somos, y sólo la verdad nos hace libres.

A pesar de todo, el poder sigue tentando al hombre, cierto conocido periodista suele afirmar que cuando a un español se le pone una gorra (tradicional símbolo de poder), se transforma y se vuelve un tirano. Probablemente la afirmación no sirva exclusivamente para los españoles.

-La deshumanización de la «madurez» Lo que en la práctica se toma por madurez tiene poco que ver con lo que teóricamente se define como tal. Solemos tomar por madurez:

-el perder la sencillez de la inocencia;

-el aprender a mentir y engañar, en el trabajo, en la familia, con los amigos; 

-el saber disimular, aparentar ser lo que no somos y tener lo que no tenemos;

-el llegar «muy alto», a puestos de responsabilidad (o sea, donde se manda mucho y se responde poco);

-el tener muchas «horas de vuelo», y cuanto peores, mejor;

-el llegar a un punto en el que uno ya no se fía de nada ni de nadie;

-el ser realista y tener los pies en tierra (es decir: perder las ilusiones y esperanzas, dejar de creer en la utopía, perder la capacidad de soñar con un futuro mejor);

-el recelar de todo lo nuevo, lo joven, lo diferente, lo distinto a lo que nosotros somos, sabemos o conocemos;

-el vivir, en fin, bajo las directrices que nos marca el rol que nos ha tocado vivir, siguiendo las reglas del juego, caiga y pase lo que pase.

Esto se toma por madurez, pero esto no es madurez. Jesús propone como modelo a los niños; acogerlos, hacerse como ellos; lo cual no es una invitación al infantilismo, sino a la autenticidad, a la sencillez, a la transparencia propia de los niños; porque ahí es donde está la verdadera madurez del hombre; en su autenticidad, en su honradez, en su transparencia; en su sí que es un sí y su no que es un no, sin más complicaciones ni dobleces. Por eso hemos de desenmascarar esa falsa madurez que no es sino un cocktel de hipocresía, recelo, mentira, falsedad y disimulo que no nos hace más humanos, sino todo lo contrario. Por eso, por paradójico que parezca, tenemos que aceptar que el modelo de madurez lo encontramos en los niños.

-Tres dianas certeras

La palabra de Dios de hoy hace tres dianas certeras. Dios no quiere para el hombre otra cosa que su bien, y ese bien se puede decir así; que el hombre sea hombre, que lo sea del todo, que llegue a la plenitud. Pues bien, en el camino a esa plenitud humana necesitamos saber asumir estas tres realidades fundamentales:

-no somos más hombres por tener más, sino por ser más;

-no somos más hombres por mandar más, sino por servir más;

-no somos más hombres por saber más, sino por ser como los niños.

Un programa así tiene poca garra, hoy por hoy, en nuestra sociedad, plenamente convencida de todo lo contrario. Pero nosotros tenemos que seguir haciendo este anuncio. Quizás haya alguien que se canse de tanta fantasía barata, de seguir gregariamente el rebaño y quiera abrir los ojos, y busque algo más auténtico… ¡Ojalá que entonces pueda encontrar a su lado alguien que siga anunciando dónde está la verdadera humanidad! Nosotros estamos llamados a ser uno de esos mensajeros. ¿Dispuestos a predicar con el ejemplo?

LUIS GRACIETA
DABAR 1991, 46

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