REFLEXIÓN DEL EVANGELIO DEL DOMINGO DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD

Mateo 28, 16-20

«En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo». Ha zarpado el barco de la Iglesia. A impulsos de una palabra -«Id»-, ha soltado las amarras que lo mantenían atado a la presencia visible de Jesús. Es la hora de su ‘envío’, de su ‘misión’. Tiene por delante una descomunal tarea: llevar a ‘todos los pueblos’ la buena noticia de que Jesús nos salva: toda una aventura, llena de peligro y de esperanza… ¡No temas, Iglesia! Vas en el nombre del Señor -Padre, Hijo y Espíritu-. Él será tu fuerza. Él hará posible la utopía de ese programa que predicas: un mundo de hermanos, de hijos. Suyo será el mérito, suya la gloria. Por eso es tan importante que te mantengas fiel. Que nunca te creas la dueña. Que todo lo hagas en su nombre.

«En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu».

¿Se oyó alguna vez algo semejante? Un Dios alto y grande, el único ‘allá arriba en el cielo y aquí abajo en la tierra’, dueño absoluto del viento y de la luz, Señor del tiempo. Un Dios que, sin necesitar nada de nadie, toma sin embargo la iniciativa -a impulsos del amor- de crear, de escuchar, de perdonar, de salvar. Un Dios tan cercano, que sabe inventar un idioma a la medida de cada corazón, que es capaz de preparar un camino de vuelta para cada arrepentimiento. Un Dios tan olvidado de su poder que, hasta cuando impone unos mandamientos, lo hace ‘para que seas feliz tú, y tus hijos después de ti’.

Un Dios que, disponiendo de todas las armas para vencer, prefiere bajar desarmado y solo a nuestra incómoda arena; y aquí, como de igual a igual, trata de convencernos, de ganarse nuestros corazones uno a uno. Es un lenguaje fácil de comprender. Es agradable dejarse convencer por un amor tan grande. Es maravilloso vivir en el nombre de tal Señor.

«En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu».

Venimos de muy abajo. Desde muy atrás, casi desde el principio, hemos venido trasmitiéndonos la esclavitud como una triste herencia; era como nacer con las manos ya encallecidas. Pero un día se nos encendió la esperanza: ¡hay camino! Es posible remontar la desgracia. Es posible dejar atrás la tristeza, y el trabajo como castigo, y el salario del miedo, y la sombra de la muerte amargándonos la vida. Es posible asomarnos a un paisaje diferente donde no hay mendigos a la puerta, ni gente escondiendo su llanto por los rincones, ni capataces con el látigo en la mano; sino una gran mesa bien abastecida, con hijos felices sentados alrededor de un ‘Abba= Padre’, de rostro sonriente. Es posible un mundo sin guerras, sin cuentas pendientes de odio, sin hambre, sin este abismo creciente entre los que lo tienen casi todo y los que no tienen casi nada: un mundo de hermanos. Es posible llamar amiga a la muerte, porque viene a traernos la noticia, tan esperada, de que somos al fin libres, de que ya no hay nada que impida el abrazo que nos hará totalmente felices… Es posible, sí. ‘Para los que se dejan llevar por el espíritu’. Para los que viven ‘en nombre del Señor’.

Eso es la Trinidad. No es un dogma distante y frío. Es la presencia caliente del amor de Dios -Padre, Hijo y Espíritu-, haciéndonos posible la Vida.

JORGE GUILLEN GARCIA
AL HILO DE LA PALABRA
Comentario a las lecturas de domingos y fiestas, ciclo B

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