REFLEXIÓN DEL EVANGELIO DEL DOMINGO 2º DE ADVIENTO – CICLO C

Lucas (3,1-6)

VINO LA PALABRA DE DIOS…

La palabra de Dios no es el mundo, ni algo de este mundo, sino la Palabra que vino sobre Juan en el desierto. Es la Palabra que era ya en el principio y por la que fueron creadas todas las cosas. Es Palabra de Dios, no la palabra de Juan o de alguno de los profetas. Por eso vino sobre Juan.

Como viene también sobre la iglesia. Nadie puede disponer de la Palabra de Dios. También la iglesia está bajo la Palabra de Dios, para servirla, no para servirse de ella. Esto quiere decir que todo el que predica ha de escuchar antes de ponerse a hablar.

Quiere decir que todos, antes que otra cosa y sin excepción alguna, somos en la iglesia creyentes, fieles, y porque creemos hablamos. La Palabra de Dios nos hace hablar. Todos participamos del mismo misterio profético, del servicio a la Palabra.

Incluso después de haberla escuchado, la Palabra de Dios sigue siendo palabra de Dios.

No podemos apropiárnosla, no podemos disponer de ella como si fuera nuestra, no podemos hablar a los hombres como si nosotros fuéramos dioses. Tampoco podemos retenerla. La Palabra que viene sobre Juan es el principio de la evangelización. Habida cuenta de que todo el que evangeliza está por ello dispensado de escuchar, sino todo lo contrario, pues ha de hablar como quien está escuchando. No ha de dogmatizar, sino confesar y estar siempre dispuesto a escuchar también la confesión de los otros. Porque la Palabra que vino sobre Juan, el hijo de Zacarías, puede venir también sobre cualquier otro, sobre sacerdotes y sacristanes, sobre el Papa y los monaguillos, sobre el último de los fieles.

… EN EL DESIERTO

El desierto es la soledad en la que se encuentra consigo mismo, en la que no puede perderse entre la multitud de la gente. El desierto es la posibilidad que no podemos eludir. La Palabra vino sobre Juan en el desierto. La Palabra viene sobre nosotros cuando somos responsables, cuando estamos dispuestos a escuchar, cuando no abandonamos el lugar que nos corresponde y no tratamos de escurrir el bulto. La Palabra de Dios viene sobre nosotros en el desierto, de modo que no podemos excusarnos diciendo que va para otros.

Preparad el camino del Señor: Dios no habla para que todo siga igual sino para que todo cambie, para que cambie el hombre y el mundo. Para que el hombre se convierta, para que el mundo se transforme. Dios habla para que el hombre vire en redondo, vuelva su rostro a la Promesa, se oriente hacia el reinado de Dios que se acerca, que está viniendo cuando el hombre escucha.

Donde hay una promesa nace una esperanza. Donde Dios pronuncia su Palabra, que es promesa, nace la esperanza contra toda esperanza humana, la esperanza que no defrauda.

Y la esperanza se hace camino, eleva los valles, allana los montes, endereza lo que está torcido, vence las dificultades. La Palabra de Dios, la Promesa, tiene una gran fuerza de movilización.

La conversión, como conversión que es a la Promesa, es conversión hacia delante. No lamento del pasado, no resignación en el presente, no fijación estéril en nuestra miseria y en nuestras lágrimas. Es cambio. El que tenga dos túnicas que dé una, el que cobra los impuestos que cobre sólo lo justo, el soldado que se contente con su soldada y no haga extorsión a nadie…

Convertirse es pasar a la acción para que todo sea y se haga como debe hacerse. Para que haya igualdad, para que haya justicia, para que desaparezca la violencia en el mundo.

Porque todas estas cosas es preparar los caminos a lo que ha de venir, al cumplimiento de la Promesa, al reinado de Dios que se acerca.

La esperanza cristiana, como respuesta a la Promesa de Dios, no consiste en estar a la espera, con los brazos cruzados o las manos juntas creyendo que el reinado de Dios es una bicoca caída del cielo. No tendría sentido que Dios nos hablara como si nosotros no tuviéramos ya nada que hacer con su Palabra.

EUCARISTÍA 1982, 55

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