REFLEXIÓN DEL EVANGELIO DEL DOMINGO 1º DE ADVIENTO – CICLO C

Lucas (21,25-28.34-36)

OTRA VEZ ESPERANDO

Los cristianos estamos otra vez esperando. Comenzamos el tiempo que nos traerá al Mesías inaugurando un tiempo nuevo en un mundo nuevo. Tener esperanza es síntoma de vida. Sólo los muertos no esperan y a nuestro alrededor, cuando alguien no espera, es que ha decidido que su vida no merece la pena. Nada hay más angustioso que la desesperanza y nada más positivo y rejuvenecedor que esperar con ilusión un acontecimiento, todavía más si lo sabemos cercano y extraordinario.

En este pórtico del Adviento, Lucas, entre acentos que pueden parecer tremendistas, habla a los cristianos, dándoles un consejo. Y el consejo es éste: cuando parezca que todo se ha perdido y que hasta la naturaleza se desata incontroladamente, alzaos, levantad la cabeza, porque se acerca vuestra liberación.

Es precioso el consejo de Lucas y la forma de expresarlo. No se puede decir con mayor exactitud cuál debe ser la postura de un cristiano ante cualquier acontecimiento. Es una postura recia, adulta, de «cuerpo entero», alejada de cualquier estilo beato o melifluo, niñoide y simplista. Es la postura que adopta el hombre cuando está seguro de triunfar, y seguro está de eso San Lucas cuando, al indicar la postura, advierte: «está cerca vuestra liberación».

En esta liberación que se anuncia próxima está el secreto de la gallardía cristiana. Pero esta gallardía -que no petulancia- tiene un precio: hay que tener la mente despejada (no embotada, dice San Lucas) y hay que estar despierto. Dos condiciones “sine qua non” (imprescindibles) para captar la liberación que se acerca.

Tener la mente despejada, con el Evangelio en la mano, es tenerla vacía de todo cuanto habitualmente suele llenarla o, si no vacía, al menos no totalmente ocupada por todas esas realidades que tan bien conocemos y con tanto ahínco perseguimos. San Lucas enumera algunas de ellas de forma enumerativa y no exhaustiva: el vicio -amplísimo-, la bebida y el dinero. Todos sabemos el efecto que produce una mente embotada. Con ella es imposible discernir claramente el horizonte, se confunde los términos, se yerra al buscar soluciones.

Un hombre con la mente embotada es un auténtico incapaz. Un cristiano con la mente embotada, llena de todo eso que enumera San Lucas, es inútil que comience el Adviento, porque será incapaz de divisar el horizonte que se perfile al final de ese tiempo de espera.

Si el cristiano tiene la mente embotada, verá llegar la Navidad, cantará villancicos, montará el belén y seguirá perdido en los vapores de una niebla insalvable. Para un cristiano cuya mente esté ocupada por el vicio, el poder, la egolatría y el dinero, no hay esperanza consciente, porque no hay sitio para alimentarla. Podrá empezar el año litúrgico, asistir «tranquilamente» a Misa, soportar el «sermón» y dar la vuelta a todos los ciclos habidos y por haber, pero, si no arroja de su mente todas y cada una de las preocupaciones humanas que se han aposentado en ella, no esperará nada, ni entenderá nada, ni será capaz nunca de ser un hombre adulto que alce la cabeza ante los acontecimientos que surjan en su vida.

– Y otra condición: estar despierto. La esperanza del cristiano, la que pide San Lucas en el Evangelio de hoy y la Iglesia quiere que tengamos en este primer domingo de Adviento, no es una esperanza quietista y piadosa, es una esperanza activa, como activa es la actitud habitual del hombre en la vida. En el orden humano nos convence el hombre que espera y actúa, porque es un hombre al que consideramos eficaz. No nos convence, por el contrario, el hombre que dice esperar algo mejor y no pone su esfuerzo para lograr el resultado que ambiciona. En la vida cristiana debe ser igual. Y aquí interesa insistir extraordinariamente, porque estamos rodeados de cristianos que esperamos al Señor durmiendo y es ésta la mejor manera de que cuando llegue ni siquiera nos enteremos de que ha venido; somos muchos los cristianos aletargados, piadosísimos e ineficaces, buenísimos e incapaces de transformar el mundo, ausentes de los acontecimientos históricos que nos toca vivir, incapaces de dar una respuesta adecuada a un problema, de resolver con agilidad una situación injusta, de hacer sentir, aunque sea ligeramente, el paso del Señor a nuestro paso.

Por eso, bienvenido de nuevo el Adviento, tiempo de esperanza, tiempo de remoción de obstáculos (será ésta una idea que se repetirá a través de todos los domingos de este ciclo), tiempo para ganar en madurez, para desterrar la modorra, para aprender a vivir de pie, con la cabeza levantada, barruntando la salvación que se acerca.

DABAR 1982, 1

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