REFLEXIÓN DEL EVANGELIO – 3ER DOMINGO DE PASCUA

CON LAS VÍCTIMAS

Según los relatos evangélicos, el Resucitado se presenta a sus discípulos con las
llagas del Crucificado. No es este un detalle banal, de interés secundario, sino una
observación de importante contenido teológico. Las primeras tradiciones
cristianas insisten sin excepción en un dato que, por lo general, no solemos valorar
hoy en su justa medida: Dios no ha resucitado a cualquiera; ha resucitado a un
crucificado.
Dicho de manera más concreta, ha resucitado a alguien que ha anunciado a un
Padre que ama a los pobres y perdona a los pecadores; alguien que se ha
solidarizado con todas las víctimas; alguien que, al encontrarse él mismo con la
persecución y el rechazo, ha mantenido hasta el final su confianza total en Dios.
La resurrección de Jesús es, pues, la resurrección de una víctima. Al resucitar a
Jesús, Dios no solo libera a un muerto de la destrucción de la muerte. Además
«hace justicia» a una víctima de los hombres. Y esto arroja nueva luz sobre el «ser
de Dios».
En la resurrección no solo se nos manifiesta la omnipotencia de Dios sobre el
poder de la muerte. Se nos revela también el triunfo de su justicia sobre las
injusticias que cometen los seres humanos. Por fin y de manera plena triunfa la
justicia sobre la injusticia, la víctima sobre el verdugo.
Esta es la gran noticia. Dios se nos revela en Jesucristo como el «Dios de las
víctimas». La resurrección de Cristo es la «reacción» de Dios a lo que los seres
humanos han hecho con su Hijo. Así lo subraya la primera predicación de los
discípulos: «Vosotros lo matasteis elevándolo a una cruz… pero Dios lo ha
resucitado de entre los muertos». Donde nosotros ponemos muerte y destrucción,
Dios pone vida y liberación.
En la cruz, Dios todavía guarda silencio y calla. Ese silencio no es manifestación de
su impotencia para salvar al Crucificado. Es expresión de su identificación con el
que sufre. Dios está ahí compartiendo hasta el final el destino de las víctimas. Los
que sufren han de saber que no están hundidos en la soledad. Dios mismo está en
su sufrimiento.
En la resurrección, por el contrario, Dios habla y actúa para desplegar su fuerza
creadora en favor del Crucificado. La última palabra la tiene Dios. Y es una palabra
de amor resucitador hacia las víctimas. Los que sufren han de saber que su
sufrimiento terminará en resurrección.
La historia sigue. Son muchas las víctimas que siguen sufriendo hoy, maltratadas
por la vida o crucificadas injustamente. El cristiano sabe que Dios está en ese
sufrimiento. Conoce también su última palabra. Por eso su compromiso es claro:
defender a las víctimas, luchar contra todo poder que mata y deshumaniza; esperar
la victoria final de la justicia de Dios.

José Antonio Pagola
Publicado en www.gruposdejesus.com

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