REFLEXIÓN DEL EVANGELIO SEGUNDO DOMINGO TIEMPO ORDINARIO – CICLO C

Juan (2,1-11)

Los milagros de Cristo, especialmente tal como los relata San Juan, no son nunca una  simple demostración del poder de Dios sino que tienen un significado y muestran  visiblemente el sentido de lo que Jesús anuncia con su palabra.

La conversión del agua en vino tiene, pues, un significado. En otra ocasión Jesús  multiplicará el pan y en ésta convierte el agua en vino. Conviene destacar que en uno y otro  caso se trata de dar de comer y beber abundantemente. Jesús multiplica el pan, signo  de la vida, hasta la saciedad y aún sobraron doce canastas: Jesús da la vida. Jesús  convierte en vino seiscientos litros de agua: Jesús da abundantemente la alegría de  vivir, que esto significa el vino. Y es que Jesús vino a este mundo, como él dijo, «para que  tengamos vida y la tengamos abundante» (/Jn/10/10), para que nuestra vida rebose con el  gozo de vivir.

Vida, y vida abundante: pan y vino; el pan que ganamos con el trabajo y el vino que  alegra nuestras fiestas. Y es que Jesús es la Vida: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida».  Por lo tanto, lo que se proclama en este milagro es la comunicación de la vida. Jesús, la Vida, está con nosotros, convive con nosotros y así nos da la vida y la alegría  de vivir.

Esta comunicación de la vida se expresa en los evangelios  frecuentemente bajo la imagen de una comida: Jesús se sienta a la mesa de los publicanos  (Mt. 9, 10; Lc. 19, 2-10), Jesús frecuenta la casa de su amigo Lázaro y se sienta en su  mesa (Lc. 10, 38-42), Jesús acepta la invitación del fariseo Simón, Jesús se sienta a comer  con todo el pueblo en la ladera de una montaña…

Estas comidas realizan ya el anuncio mesiánico del A. T. y son para el hombre, perdón  (Lc. 7,47), gozo (Mt. 9, 15), salvación (Lc. 19,9) y, sobre todo, abundancia de vida (Mt. 14,  15-21).

Todas estas comidas encuentran su culminación en la Ultima Cena, en la que Jesús se  hace el anfitrión y el alimento de sus discípulos. Jesús da a comer el pan de vida: su propio  Cuerpo; y a beber el cáliz de la salvación: su propia Sangre, sellando la Nueva Alianza de  Dios con los hombres. Es en esta perspectiva como descubrimos el profundo significado de  la «hora» del Señor.

Fijaos bien, a la petición de su madre, él responde: «Todavía no ha  llegado mi hora». La «hora» del Señor no la marcan los relojes o los astros de este mundo,  sino la voluntad del Padre. Esta es la hora que se anticipa en Caná de Galilea, porque esta hora se hace de alguna  manera presente cuando la fe sale al encuentro de la salvación que Dios te ofrece. La fe de  la Virgen María anticipa la hora del Señor.

Por eso, porque Jesús vino como el novio de la humanidad a celebrar el banquete que el  Padre ha preparado para su Hijo (recuérdese la parábola del rey que preparó un banquete  de bodas para su hijo), por eso Jesús está también presente en un banquete de bodas. Por  eso ha querido elevar esta fiesta tan humana de las bodas al signo sacramental de las que  él contraerá con la humanidad indisolublemente.

Cristo quiere ser el testigo de nuestro cariño, el garante de nuestra felicidad, el mediador  en nuestros conflictos, el confidente de nuestros problemas, el amigo que nos saca de  apuros cuando empieza a escasear el vino… Sobre todo esto, el que nos dé la alegría de  vivir, convirtiendo el vino de nuestro amor humano en el generoso vino de última hora: el  vino del amor cristiano.

EUCARISTÍA 1971, 12

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