REFLEXIÓN DEL EVANGELIO SEGUNDO DOMINGO DE PASCUA – CICLO C

Juan (20,19-31)

A LOS OCHO DÍAS LLEGÓ JESÚS

Cristo ha resucitado. Pero este acontecimiento histórico solamente ha sucedido ante Dios. Ningún ser humano ha sido testigo directo del momento en que Cristo resucitó. Sin embargo, podemos percibir este suceso por otros caminos y ser testigos veraces de este hecho singular. El Resucitado se hace presente, “se aparece” y los discípulos/as le pueden “ver”. Con esto los evangelios nos sugieren que hay unos signos por los que el Resucitado se hace presente.

Para llegar a percibir estos signos es necesaria la fe. El Resucitado pertenece a una esfera del mundo totalmente nueva, nos remite a la situación definitiva que nos espera. No hay ningún hecho conocido en la historia comparable a la resurrección de Jesús. Es algo nuevo y, además, pertenece al futuro, no al pasado; por eso sólo se puede creer y esperar.

Uno de los signos más reveladores del Resucitado es el estilo de vida de la comunidad: ésta surge cuando se establecen relaciones fraternas hasta llegar a poner todo en común. Se manifiesta también en el perdón de nuestras faltas, unos a otros, sin rencores ni culpabilidades absurdas, así como en la capacidad de superación que Dios nos concede para caminar hacia la consecución de la promesa, ya cumplida en Cristo.

En la comunidad cristiana actual ¿comprendemos el gesto de la vida misma de Jesús y de sus actitudes? Él no guardó nada para sí sino que todo lo puso en común, como el pan que se parte y se reparte en la mesa para que todos coman. Porque esa es la esencia y el significado de la vida cristiana que celebramos en la Eucaristía: no aferrarse a nada, ponerlo todo en común: capacidades, carismas, bienes materiales y espirituales, la escucha interpelante de la Palabra, transmitir la experiencia de fe a los adultos, jóvenes, niños, el compromiso social irrenunciable. 

El éxito de las primeras comunidades cristianas se debió precisamente a la actitud práctica de no monopolizar la posesión de los bienes, “ninguno pasaba necesidad”, la superación de todo aquello que discriminaba y excluía y a la acogida prioritaria a los “descartados” y “diferentes” de aquella sociedad. Eso fue posible entonces y también hoy. El itinerario espiritual de una fe encarnada, principalmente en los pequeños y vulnerables, se materializa en el compromiso personal y social de cada día. ¿Cómo nos implicamos?

Los que sin haber visto han creído, hacen posible esos prodigios y signos en el ámbito de la comunidad cristiana. Jesús reprocha a Tomás, todos lo somos, que estar separado de la comunidad nos impide llegar a la experiencia de un Jesús vivo y, además, se pone en riesgo de perderse. Sólo cuando estamos unidos es posible ver a Jesús porque él se manifiesta en el amor a los demás y nos invita a que lo hagamos en memoria suya. El amor trasciende fronteras, rompe barreras, prejuicios y esquemas morales rígidos que causan dolor y rechazo. Sólo el amor nos desinstala de la comodidad, de la rutina o del conformismo paralizante. No somos cristianos que vamos por libre sino hijos e hijas de un Dios que nos hizo hermanos y hermanas unos de otros. Ese es el único argumento de credibilidad para los seguidores de Jesús, para la misma Iglesia. ¿Qué experiencias tenemos de una Iglesia que camina hacia la sinodalidad?

Mª Luisa Paret

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