REFLEXIÓN DEL EVANGELIO EPIFANÍA DEL SEÑOR – CICLO C

Mateo 2, 1-12

HEMOS VISTO SALIR SU ESTRELLA:

Estamos celebrando la fiesta de la Epifanía o manifestación del Señor, que viene a ser la otra cara de la Navidad. Lo singular de nuestra fe cristiana es siempre este doble aspecto, esta doble y complementaria visión de la Navidad y de la vida. Aparentemente todo ocurre con absoluta normalidad: una mujer en avanzado estado de embarazo da a luz un niño. ¿Hay algo más normal y natural? Pero, de otra parte, por la fe reconocemos en ese niño, hijo de María, al Hijo de Dios. La fe es la estrella que a nosotros, como ayer a los magos, nos ha conducido a ver a Dios en el niño que ha nacido en Belén.

La fe, sin embargo, no es ciega, es luz y claridad. No es, con todo, un posicionamiento, como una ideología, sino una actitud de búsqueda, de abandono de situaciones, de peregrinación y camino. Tampoco esta búsqueda lo es a tientas y a ciegas, no es una salida a la desesperada. Hay siempre un indicio, una estrella que marca el camino. Unos magos procedentes de Oriente, que no reyes, sino hombres curiosos y dados al estudio de los astros, se sorprenden ante la presencia de una estrella nueva, y sin pensarlo dos veces, se ponen en camino. Tienen que salir de su patria, abandonar su casa y sus comodidades y rutina, tienen que prescindir de sus propios prejuicios y dejarse guiar, emprendiendo la aventura de la fe: ¿Dónde está el nacido rey de los judíos? Esa es su pregunta y su inquietud, porque han visto su estrella, han visto una señal, un indicio… y han creído.

Todos nosotros nos hemos dejado sorprender por una estrella en la vida. En los acontecimientos ordinarios -nunca pasa nada- o en momentos extraordinarios, en casa o en la escuela, en el trabajo o en el negocio, en el ocio o en el descanso, en el campo o en la ciudad… hemos visto la estrella, hemos tropezado con una pregunta, nos hemos cuestionado por la vida o por la muerte. Y hemos descubierto la señal. Aparentemente todo era normal, corriente, irrelevante, si queréis; pero hemos visto algo y nos hemos dejado cuestionar donde muchos pasan de largo, sin ver y sin mirar.

-VIERON AL NIÑO, CON MARÍA SU MADRE: Conducidos por la estrella llegaron a Jesús. Vieron lo que cualquiera podría ver: un niño recién nacido en brazos de su madre. Pero adivinaron lo que muchos no quisieron o no pudieron, porque tenían miedo que fuera verdad. En el niño en brazos de su madre se detuvo la estrella que les guiaba. Veían al niño, pero creyeron que era el rey de los judíos. Por eso le adoraron como a Dios. Y ése es el gran misterio, que hoy festejamos con gozo. Muchos quieren ver a Dios para creer. Muchos piden señales, pruebas, hechos contundentes. Pero no se atreven a descubrir a Dios en un niño, en su prójimo, en el hombre. Y así no encontramos a Dios, porque no buscamos a Dios, sino que buscamos un ídolo que se ajuste a la imagen de nuestros prejuicios. No entendemos que Dios es más que todos nuestras ideas sobre Dios y que la única imagen de Dios auténtica es el hombre, hecho a su imagen y semejanza.

Navidad y epifanía son las dos caras de esta revelación singular: Dios se ha hecho hombre, no una idea abstracta, sino un hombre de carne y hueso, un niño, uno como nosotros. El único camino que conduce inequívocamente hacia Dios es el otro, el hombre, el hermano. Cualquier rodeo por evitar al prójimo no lleva a Dios, sino a los ídolos, a nuestros prejuicios sobre Dios.

Los magos, que habían abandonado todo, encuentran todo cuanto buscaban en el niño en brazos de su madre. Se postran en su presencia y le abren su corazón y sus tesoros. Guiados por una estrella, han recorrido el camino de la fe, que es apertura y no cerrazón, es generosidad y no egoísmo, es encuentro y no ensimismamiento: es en definitiva, amor.

EUCARISTÍA 1987, 3

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