REFLEXIÓN DEL EVANGELIO – DOMINGO I DE ADVIENTO

VIVIR EN LA ATENCIÓN

Mc 13, 33-37
Algunas parábolas, probablemente por influjo de los responsables de las primeras
comunidades, acabaron tomando un tono, no ya solo moralizante, sino incluso
amenazador: el “dueño de la casa” podría aparecer en el momento menos pensado,
dispuesto a castigar el menor descuido.
Es una pena, porque el tono moralizante y amenazador, no solo desvirtúa la
sabiduría que la parábola contiene, sino que hace que sea desechada por una
mente adulta.
La sabiduría se mueve en otra dirección: no hay que “velar” para que no nos
castiguen, sino para vivir cada vez más en plenitud, es decir, en coherencia con lo
que realmente somos.
Velar significa estar despierto, por contraposición al sueño, que es sinónimo de
despiste, ignorancia y confusión, que acaban en sufrimiento. Así entendida, la
parábola plantea esta cuestión: ¿quieres vivir despierto, consciente de quien eres,
acogiendo la vida y permitiendo que la vida se viva en ti, o prefieres seguir
sobreviviendo en la superficie, a merced de lo que suceda, ignorante de tu
referencia interna o brújula interior?
Pues bien, lo que marca la diferencia entre vivir despierto o sobrevivir adormilado
es la atención: eso significa la invitación a “velar”. Atención no es tensión, como
alguien parece entenderla, sino todo lo contrario: descanso consciente apoyado en
la confianza.
Vivir en la atención -la única manera de vivir con gusto y sentido- significa vivir en
presente. Desde ahí, podemos recordar el pasado e incluso preparar el futuro,
utilizar la mente -como una herramienta- cuando la necesitamos y
comprometernos en procesos de cambio individual o colectivo. Peri nada de eso
tiene por qué sacarnos del presente y, en último término, de la presencia que
somos.
Vivir en la atención significa vivir en conexión con nuestra verdadera identidad, en
ese “lugar” donde, más allá de los movimientos mentales y emocionales,
experimentamos de manera estable la paz y la vida.

Enrique Martínez Lozano

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