REFLEXIÓN DEL EVANGELIO – DOMINGO 2° DE CUARESMA

SÓLO EN CASA SE ESTÁ BIEN

Mc 9, 2-10

Tengo para mí que una persona únicamente puede decir “¡Qué bien se está aquí!”
cuando, de manera consciente o inconsciente, se halla en conexión con lo que
realmente somos.
En ocasiones, podemos decir que estamos bien, pero quizás queramos decir que no
tenemos ningún malestar que nos agobie. Pero, ¿eso es estar bien? ¿Cómo decir
que estoy bien cuando basta cualquier contratiempo para sentir que todo se
derrumba?
Cuando el estar bien depende de circunstancias ajenas, eso es algo pasajero y, en
cierto modo, superficial. Es un estar bien que se halla bajo la amenaza de lo
efímero. Y resulta llamativo que, a pesar de ello, lo persigamos con todo nuestro
afán. Sin embargo, mientras sea en esa dirección, habremos errado el camino
porque buscamos el estar bien en un lugar equivocado, el lugar de las formas.
En ese lugar, estar bien es lo opuesto a estar mal. Y así como lo primero es ansiado
con todas nuestras fuerzas, lo segundo es temido como la mayor amenaza. Nuestra
mente cree trazar con exactitud la línea divisoria entre lo uno y lo otro. Y siempre
que, según mis parámetros mentales, yo mismo o una persona querida “no está
bien”, puedo entrar en pánico.
Sin embargo, más allá de ese «estar bien» siempre efímero y bajo amenaza,
siempre perseguido y nunca totalmente atrapado, que buscamos aferrar pero se
nos escurre entre los dedos, hay otro “estar bien” que no tiene opuesto ni es objeto
de amenaza. Y únicamente lo experimentamos cuando vivimos en conexión con lo
que somos en profundidad.
Hay un lugar en nosotros siempre disponible y siempre a salvo: es nuestra “casa”.
En nuestra existencia habrá oleaje de todo tipo que nos envuelva emocionalmente,
pero el fondo de lo que somos es siempre quietud, aun en las circunstancias más
oscuras y dolorosas. Y aun en medio del dolor más oscuro, gracias al silencio de la
mente, podremos escuchar la voz que clama en nuestro interior: “¡Qué bien se está
aquí!”.

Enrique Martínez Lozano

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