REFLEXIÓN DEL EVANGELIO DEL DOMINGO XXXIV DEL TIEMPO ORDINARIO

Juan 18, 33b-37

JESÚS REY DEL UNIVERSO

La afirmación de que Jesucristo es Rey lleva la garantía del evangelio. Jesús mismo lo reconoce abiertamente frente al poder político. Y ello es tanto más extraño cuanto que Jesús repetidas veces había rehuido el ser proclamado popularmente rey, incluso tenía sumo cuidado en no dar pie para ello ante el enardecimiento de las multitudes. En ningún momento Jesús negó su condición de rey, pero renunció a los honores y ventajas de la condición real.

A la hora de las ventajas se esconde, pero a la hora de la verdad, cuando está en juego su vida, da la cara y lo reconoce abiertamente: «Tú lo dices, soy rey».

¿Qué quiso decir Jesús? ¿Qué creemos nosotros? Frecuentemente hemos traducido las palabras de Jesús en categorías de nuestro mundo. Lo hemos representado en imágenes, con cetro y corona, sobre un trono. Sin embargo, el evangelio, que da testimonio de su condición real, lo describe sin más cetro que una caña, sin más corona que la de espinas, y su exaltación al trono es al trono de la cruz. Quizá esa imagen de Cristo Rey, tan distinta de la del evangelio, que preside casas y altares, sea sólo fruto de un sueño de artista; pero también puede ocurrir que esa imagen extorsionada, sea signo de otras extorsiones que hemos podido hacer, no ya con la imagen, sino con la persona de Jesús y su evangelio. Por eso, en la fiesta de Cristo Rey, es bueno olvidar nuestros cabildeos y volver al evangelio.

«Mi reino no es de este mundo». Jesús reconoce frente al poder constituido que es rey, pero aclara muy bien que su reino no es de ese mundo. Pilato no lo entendió: ¿cómo creer que es rey un desgraciado, un hombre traicionado por los suyos, un tipo con la facha que presentaba aquel acusado? Y sin embargo, Pilato lo condenó por ser rey. Así lo hizo constar en la sentencia condenatoria para que figurara en el patíbulo de la cruz: Este es el rey de los judíos. Quizá tampoco lo entendamos los cristianos, a pesar de que seguimos repitiendo la frase y utilizando el alcance que nos conviene de la condición real de Jesús.

Muchos, con el pretexto de que el reino de Dios no es de este mundo, pretenden alejarlo y situarlo en un tiempo remotísimo que no llegue nunca. Pero Jesús dice que su reino no es de este mundo, no que no esté ya en este mundo. No hay, pues, motivo evangélico para convertir el cristianismo en un espiritualismo escapista, que pasa de todo lo que concierne a este mundo, que es, de otra parte, el mundo creado por Dios. Nos equivocamos tristemente, si así pensamos, porque el reino de Dios está ya en este mundo, entre nosotros.

Por eso el reino de Dios no es de este mundo, porque no tiene nada que ver con las categorías sociales y políticas de nuestro mundo. El reino de Dios es un reino de servidores, no de ministros, que literalmente significa lo mismo, pero realmente es todo lo contrario. Por eso, Jesús es Rey, porque es el primer servidor, el que ha prestado el mayor servicio: dar la vida incluso por sus enemigos.

«Para eso he venido, para dar testimonio de la verdad». La misión de Jesús, el Rey, el primero, y la misión de los cristianos, los seguidores, es sencillamente la de dar testimonio, la de ser testigos de la verdad. Porque la verdad se impone por su propia evidencia, no por la fuerza ni con violencia, ni con engaños publicitarios o trampas propagandísticas, sino por su propia fuerza, por su atractivo, por su capacidad de convocatoria. Los cristianos no somos agentes comerciales de un buen producto, que hay que colocar sea como sea.

Tampoco podemos identificarnos sin más, con los propietarios de la verdad o sus concesionarios. Somos más que eso: testigos de la verdad que creemos y no poseemos, porque la verdad es inapropiable, es universal, es de todos y para todos. Y ahí está nuestra misión en hacerla llegar, en facilitar su camino, en ayudar a los hombres a buscarla y a encontrarla. No tenemos nada más que hacer, porque no es necesario hacer más. Pero tampoco podemos conformarnos con menos; somos testigos. Tenemos que vivir y actuar como tales, para que vean, para que crean, para que descubran también los demás. Y en esa tarea hemos de empeñar todas nuestras fuerzas hasta la vida, pero no hace falta emplear otras fuerzas, porque la verdad no se impone por la fuerza. Dios no se puede imponer más que por la fe, que es don de Dios, es decir, no se puede imponer por los hombres, ni por la Iglesia, cuya misión es sólo proponer, anunciar, predicar, testimoniar.

Así se construye el reino de Dios. Así ejerce Jesús su realeza, completamente al revés de como se ejerce en el mundo cualquier tipo de poder. No por la fuerza, sino por la invitación a la libertad: no con la violencia, sino con amor, no con engaños y slogans publicitarios, sino con verdad; no con injusticias, sino con justicia; no con la guerra, sino con la paz; no como los hombres, sino al estilo de Dios que actúa tan humanitariamente que hay quienes llegan incluso a creer que no actúa, o que no existe, porque «no se nota», o sea, porque no violenta al hombre como hacemos los hombres.

EUCARISTÍA 1985, 54

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