REFLEXIÓN DEL EVANGELIO DEL DOMINGO XII DEL TIEMPO ORDINARIO

Marcos 4, 35-41

“AVISO PARA NAVEGANTES”

La escena de la tempestad en el lago tuvo que ser impresionante, qué duda cabe. Y ahí quedó retratada por Marcos. Los discípulos, al ver que «te ponías en pie, Señor, e increpabas al viento y al lago diciendo: Silencio, cállate», al ver sobre todo que «el viento cesó y vino una gran calma, se quedaron espantados y se decían: ¿Quién es éste? ¡Hasta el viento y el mar le obedecen!». Sí, tuvo que ser impresionante.

Pero, siendo sincero, te diré que a mí me impresiona más, mucho más, el detalle inmediatamente anterior. Y es que, mientras «azotaba el huracán y las olas rompían contra la barca llenándola de agua. Tú estabas a popa dormido sobre un almohadón» (sic).

Los viejos maestros del espíritu siempre nos han advertido y prevenido contra las continuas tempestades que acechan al hombre. Todas las pasiones, sintetizadas en la concupiscencia, están ahí, zarandeando nuestras vidas. Y por muy poca experiencia que tengamos, todos damos la razón a Job cuando decía: «Milicia es la vida del hombre sobre la tierra».

Pero es que las circunstancias externas de los tiempos actuales parecen multiplicar aún más las tormentas y cargarlas de una mayor intensidad. Resultan insuficientes ya todos los «avisos para navegantes». Nuestras tumultuosas ciudades, azuzadas por la prisa, el movimiento, la masificación, la fiebre del placer, el ansia de poseer, el ruido que no cesa, etc., han desembocado en una inmensa tempestad de pasiones, en la que se agitan en torbellino los nervios, el stress, la violencia, la locura y hasta la muerte. Hoy ya no sólo se desatan los temperamentos «sanguíneos», sino también los «flemáticos» y hasta los «amorfos».

¿Visteis «El hombre tranquilo», aquella preciosa película de John Ford? El personaje que protagonizaba John Waine representa a un hombre maduro que vuelve al «rincón» de su Irlanda natal, con la ilusión de vivir en paz los últimos años de su vida. ¡El hombre tranquilo! Y así va aguantando todas las curiosidades, impertinencias, tiradillas, provocaciones de sus paisanos. Hasta que un día… ¡con perdón!, «se le hinchan las narices». Y. entonces, ¡toma castaña!

Pues, ea. grabad bien la «composición viendo el lugar» para el día de hoy: Jesús, en plena tempestad, «dormido sobre un almohadón, en la popa».

¿Cómo conseguir, en nuestras tempestades incesantes, la calma, la serenidad, la paz, tan necesarias siempre? Decía San Ignacio de Loyola que, si de pronto le dijeran que un día iba a deshacerse la Compañía de Jesús como se deshace la sal en el agua, le había de bastar un cuarto de hora de oración para volver otra vez a la tranquilidad.

Creo que ésa es la pista. No iba por otro camino aquella santa «Inquieta y andariega» que fue Teresa de Ávila: «Nada te turbe, nada te espante. Todo se pasa. Dios no se muda. La paciencia todo lo alcanza. Quien a Dios tiene nada le falta: Sólo Dios basta».

PAZ-INTERIOR: Quizá hemos olvidado eso. Que la fuente de nuestra serenidad ha de estar en Dios, en nuestro mundo interior, en el secreto manantial de nuestro espíritu. El hombre moderno, atraído por todas las luces de artificio, cae en la tela de araña de todo lo externo y alucinante. Ahí se debate. Aquel bendito Juan de la Cruz, experto en mil tormentas, nos escribió este «aviso»: «Nunca el hombre perdería la paz si olvidase noticias y dejase pensamientos y se apartase de oír, ver y tratar cuanto buenamente pueda». ¡Era Fray Juan de la «casa sosegada»!

ELVIRA

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