REFLEXIÓN DEL EVANGELIO DEL DOMINGO XI DEL TIEMPO ORDINARIO

Lucas 2, 41-51

NO TODO ES TRABAJAR…

… la semilla va creciendo

Casi todo nos invita hoy a vivir bajo el signo de la actividad y el rendimiento. Pocas diferencias existen entre el capitalismo y el socialismo colectivista a la hora de valorar prácticamente al hombre. Siempre se termina por medirlo por su capacidad de producción. En el fondo de nuestra conciencia moderna existe la convicción de que, para dar el máximo sentido y plenitud a nuestra vida, lo único importante es trabajar por sacarle el máximo rendimiento y utilidad. Son muchos los que, sin darse cuenta, piensan con J.P. Sartre que «el hombre no es más que lo que hace».

Pero, entonces, no deberíamos olvidar dos graves peligros que amenazan al hombre actual. El primero consiste en ahogarnos en el trabajo y el activismo. Supravalorando nuestro poder y nuestro obrar, terminamos por creernos indispensables, pues, en el fondo, pensamos que somos nosotros los que tenemos que hacerlo todo.

El segundo peligro es hundirnos en el pesimismo y la resignación, al descubrir nuestra propia incapacidad y quedar aplastados por una tarea que nos desborda.

El que solamente pone el sentido de su vida en la lucha, el trabajo y la acción eficaz, corre el riesgo de sentirse «inútil y desaprovechable» en el momento en que su esfuerzos no se ven coronados por el éxito.

Al hombre moderno se le hace difícil y embarazosa esa parábola extraña de Jesús, recogida solamente por Marcos, donde se nos habla de una semilla que crece por sí sola sin que el labrador le proporcione con su trabajo la fuerza para germinar y crecer.

Es una parábola que no se presta a aplicaciones prácticas ni nos dice lo que tenemos que hacer. Sólo nos recuerda que en la semilla hay algo que no ha puesto el labrador. Una fuerza vital que no se debe al esfuerzo del hombre.

Esclavos de programaciones y afanes organizativos y cogidos por la actividad de cada día, podemos olvidar que la vida está impregnada de gracia y que nuestra primera ocupación es respetar y acoger la acción del Espíritu capaz de hacer crecer nuestra existencia.

La vida no se reduce a actividad y trabajo. En su misterio más profundo la vida es regalo y don. Lo gratuito nos envuelve. Y el hombre no es sólo trabajador sino también «cantor de la irradiación de Dios» (Gregorio Nacianceno).

Por eso, el estado de ánimo más propio del creyente no es la lucha y el esfuerzo sino la admiración maravillada y el gozo agradecido.

PAGOLA

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