REFLEXIÓN DEL EVANGELIO – SOLEMNIDAD DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD – CICLO A

Jn 3, 16-18.

El Dios en quien creemos: una mesa compartida

Tenemos a veces la tentación de pensar en Dios como una soberana y magnífica Soledad. Nos lo imaginamos allá arriba, en su aislamiento perfecto, controlando el universo. Pero el Evangelio nos dio un vuelco absoluto a esa imagen: el Dios de Jesús no es un ser solitario; es una Comunidad, una familia, un Misterio de tres personas que se aman tanto que son Uno. Es la Santísima Trinidad.

A mí me ayuda infinitamente contemplar este misterio a través del famoso icono de Andréi Rubliov. En él aparecen tres personajes sentados alrededor de una mesa. Representan al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Su actitud es de una profunda reverencia mutua, de una escucha atenta, de un amor que circula entre ellos de manera continua. No hay rangos, no hay dominación: hay comunión.
Pero lo más hermoso de ese cuadro no es solo la belleza de los tres ángeles, sino un detalle en el que no siempre nos fijamos: la mesa es un cuadrado y ellos ocupan tres de sus lados. El cuarto lado, el que está al frente, está completamente vacío.

Ese espacio abierto nos está diciendo algo fundamental sobre el Dios Trinidad: no es un círculo cerrado de amor egoísta. Ese sitio vacío está reservado para nosotros. Es la invitación permanente de Dios a la humanidad para que nos acerquemos, nos sentemos a su mesa y entremos a participar de su misma vida y de su banquete.

Creer en el Dios Trinidad tiene una consecuencia inmediata para nuestra vida cristiana: no podemos vivir replegados en nosotros mismos. Si el Dios a cuya imagen hemos sido creados es relación, donación y apertura, nosotros solo nos parecemos a Él cuando salimos de nuestro aislamiento. El Espíritu Santo es, precisamente, el que nos sintoniza con ese ritmo trinitario, empujándonos a derribar nuestras fronteras, a ensanchar el espacio de nuestra tienda y a hacer de nuestras comunidades lugares de hospitalidad donde los demás (especialmente los más vulnerables) encuentren también un sitio libre en la mesa.

Dolores Aleixandre

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