REFLEXIÓN EVANGELIO JUEVES SANTO – CICLO A
Los amó hasta el extremo
Jn 13, 1-15.
La escena en el Cenáculo comienza con un gesto que todavía hoy nos descoloca: Jesús se levanta de la mesa, se quita el manto y, con la naturalidad de quien conoce bien su destino, se inclina para lavar los pies de sus amigos.
San Juan introduce este momento con una frase que es, en realidad, el testamento de toda una vida: «Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo». Ese «extremo» no es solo una medida de tiempo, sino una medida de intensidad; es el amor que ya no tiene donde más crecer porque lo ha dado absolutamente todo.
En el silencio de aquel jueves, el Maestro nos enseña que la grandeza de Dios no se manifiesta en el dominio, sino en la capacidad de hacerse pequeño. Al lavar los pies sucios de los discípulos —incluyendo los de quien lo iba a traicionar y los de quien lo iba a negar—, Jesús rompe para siempre la distancia entre lo sagrado y lo cotidiano. El «extremo» es precisamente ese: amar sin calcular el costo, sin poner condiciones y sin esperar a que el otro sea digno del gesto. Es el exceso de un Dios que prefiere quedarse hecho pan, frágil y sencillo, antes que dejarnos huérfanos en nuestro camino.
Celebrar el Jueves Santo es aceptar que hemos sido amados de esa manera desmedida y, a la vez, reconocer que ese amor es una tarea pendiente entre nosotros. La Eucaristía y el servicio no son dos cosas distintas, sino las dos caras de una misma moneda. Al comulgar con su Cuerpo, aceptamos también el reto de convertirnos en sus manos en medio del mundo. Amar hasta el extremo hoy significa mirar al que sufre con la misma ternura con la que Cristo miró a los suyos, arrodillarnos ante las necesidades del prójimo y entender que no hay dignidad más alta que la de servir por amor. Que este día nos mueva a salir de nosotros mismos para ser, de verdad, ese pan roto que el mundo tanto necesita.
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