REFLEXIÓN DEL EVANGELIO – SOLEMNIDAD DE TODOS LOS SANTOS

1 Jn 3, 1-3.

BIENAVENTURADOS PORQUE VUESTRA RECOMPENSA SERÁ GRANDE EN LOS CIELOS

La Fiesta de Todos los Santos es una celebración llena de esperanza y alegría, que nos recuerda una verdad fundamental de nuestra fe: la santidad es posible y es nuestra vocación universal.

​No es solo para unos pocos: A veces pensamos en la santidad como algo inalcanzable, reservado solo para grandes figuras históricas o para quienes hacen milagros. Pero la multitud de santos que hoy celebramos – muchos de ellos anónimos – nos muestra que la santidad está al alcance de todos.

Se vive en lo ordinario: La santidad no consiste en hacer cosas extraordinarias, sino en vivir lo ordinario de cada día con un amor extraordinario. Es ser paciente en el tráfico, amable con el vecino, honesto en el trabajo, perdonar de corazón, y hacer las pequeñas tareas diarias por amor a Dios y a los demás.

Es un reflejo de Cristo: Cada santo es como un espejo en el que se refleja un rayo de la belleza y la luz de Cristo. Ellos nos demuestran que, al vivir unidos a Jesús, podemos transparentar Su amor en nuestro propio ambiente.

Es una invitación personal: Esta fiesta es, ante todo, una fuerte invitación personal: Tú y yo estamos llamados a ser santos. Es la aventura más grande de la vida, y es posible porque no caminamos solos. Los santos que ya gozan de Dios son nuestros amigos, modelos y protectores que nos animan a seguir el camino de las Bienaventuranzas.

La santidad es vivir con amor allí donde te encuentras, confiando siempre en el amor de Dios que te transforma.

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