REFLEXIÓN DEL EVANGELIO – SOLEMNIDAD DE SAN PEDRO Y SAN PABLO

Mt 16, 13-19

SOBRE ESTA PIEDRA EDIFICARÉ MI IGLESIA

Con honda sabiduría, la Iglesia ha unido la celebración de San Pedro a la de San Pablo. Distintos Pedro y Pablo en tantas cosas: en origen social, en cultura, en sensibilidad. Iguales en su amor a Jesús, a pesar de que Pablo no le conoció personalmente. Consciente también Pablo de su debilidad, sanada por el amor del Maestro: “… recibí en mi carne un ángel de Satanás que me abofetea… tres veces rogué al Señor que se alejase de mí. Pero él me dijo: ‘mi gracia te basta, pues mi fuerza se realiza en la debilidad” (2ª Corintios 12, 7-9). Ambos elegidos, ambos pecadores, ambos perdonados, ambas piedras fundantes de la Iglesia.

El día de hoy es una ocasión para que, en la celebración de estos dos pilares de la Iglesia de Jesús, hagamos cada uno de nosotros una reflexión sobre nuestra vivencia de Iglesia, nuestro “sentir en la Iglesia”, en palabras de San Ignacio de Loyola. Inspirado en la propuesta ignaciana señalo tres pautas para esa reflexión.

¿Amamos a la Iglesia? ¿tenemos afecto por ella? San Ignacio habla de la Iglesia en términos de afecto: para él es “la verdadera esposa de Cristo nuestro Señor” y “nuestra santa madre”. Esposa y madre. Es imposible no amar a una madre; es inconcebible amar a Cristo, sin amar a su esposa. Es en ese contexto de amor donde debe anidar nuestra vivencia eclesial.

Una segunda reflexión, a la que nos conduce directamente la consideración de Pedro y Pablo como fundamentos de la Iglesia, es que todos, cada uno de nosotros, somos Iglesia, pero nadie, ninguno de nosotros, somos “la” Iglesia. La iglesia es mucho más grande que cualquiera de nosotros, que cualquier carisma concreto, que cualquier sensibilidad. La Iglesia no es sólo Pedro, ni sólo Pablo: la Iglesia es Pedro y Pablo.

Finalmente, si eso es así, la gran tarea del amor a la Iglesia es trabajar por la comunión en la Iglesia, la comunión de todos, la comunión de los diversos a los que une un mismo amor a Cristo. Tarea de todos: de los de Pedro y de los de Pablo. Porque todos somos de Cristo.

DARÍO MOLLÁ, SJ

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