REFLEXIÓN DEL EVANGELIO – SOLEMNIDAD DE PENTECOSTÉS – CICLO C

Jn 14, 15-16. 23b-26.

RECIBID EL ESPÍRITU SANTO.

En la noche de sus vidas, casi sin deseos que amaneciera, Jesús, se hace presente y los invita a abandonar el temor, a abrirse a la osadía de confiar en él a pesar del fracaso de la cruz.

No les reprocha su conducta, ni les pide actitudes heroicas. Sencillamente les ofrece la paz. Una paz que les ayude a mirar de frente, acogiendo su propia fragilidad e impotencia. Una paz que los libere de sus temores y recelos y los capacite para el perdón y la reconciliación con los enemigos de dentro y de fuera. Una paz que serene su corazón y les ayude a ponerse de nuevo en pie, con valentía y decisión. Una paz que los haga de nuevo discípulos y discípulas.

Ahora son de nuevo enviados a anunciar la Buena Noticia de un Dios siempre amor y perdón. A construir comunidades liberadas y liberadoras, acompañadas y acompañantes, pacificas y pacificadoras.
Hoy también cada una de nosotras y de nosotros estamos invitados a acoger esa paz sabiendo que no nos ayudará a tranquilizar nuestras conciencias ni a conformarnos con aquietar nuestro espíritu, sino que nos hará más conscientes de la misión a la que somos enviados.

Una paz que, en la misión, nos posibilitará caminos de encuentros, de discernimiento y consenso, y nos facilitará mantener viva la memoria de la esperanza. Una paz que no silencia el conflicto, sino que lo atraviesa y lo reconcilia. Una paz que no necesita tratados que la aseguren porque ella misma es el verdadero antídoto a la violencia, al odio y a todo lo que quiebra el futuro.

No es fácil acoger esa paz, pero la santa Ruah de Dios permanece con nosotras y nosotros. Ella será nuestra brújula para seguir siempre los senderos de la bondad y el perdón. Ella será la brisa que serenará nuestros miedos y nos invitará a confiar siempre en las posibilidades de todo ser humano. Ella nos ayudará a sanar nuestras heridas, a tender puentes con lo distinto y enfrentado porque no es el pecado lo que importa sino reconstruir toda vida rota, hacer florecer lo posible e incluir todo lo que permanecía disperso.

Esa es la promesa de Jesús resucitado y esa es nuestra tarea.

Carme Soto Varela

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