REFLEXIÓN DEL EVANGELIO – SOLEMNIDAD DE LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR – CICLO C

Lc 24, 46-53.

Mientras los bendecía, fue llevado hacia el cielo

Es la experiencia de la Resurrección de Jesús la que posibilita a los discípulos seguir adelante. La certeza de que, al ser resucitado, Él no se aleja, no abandona, sino que ya ha cumplido su misión: bajó a nosotros, se abajó hasta las profundidades de la tierra para que pudiéramos recibir la vida, y para siempre. Y en esa experiencia, como un modo de glorificarle y exaltarle, se comprende la narración de la Ascensión. Ésta no es algo diferente a la Resurrección, sino que es una dimensión más de esa experiencia de vida nueva de quien se había entregado por amor y ahora se encuentra de otro modo entre nosotros.

Comienza, en este momento, un tiempo nuevo para la Iglesia, nuestro tiempo, en el que Jesús Resucitado nos hace testigos y nos bendice. Muchas veces lo había hecho a lo largo de su vida, como signo de amor y de cuidado, de conexión íntima con la persona. Ahora es el tiempo de ser testigos de esto, es decir, de vivir “a su modo”, de dar testimonio personal de Cristo, de su persona, su vida, muerte y resurrección por amor al Padre y a la humanidad. Toca ser evangelios vivos.

Tarea nada fácil en medio de este mundo en el que parece que la injusticia, el egoísmo y la codicia están teniendo la última palabra. Estamos siendo testigos del tremendo sufrimiento y dolor que esto está causando a tantos miles de hermanos y hermanas en guerras prolongadas, en fronteras cerradas, en pobreza y desolación. Es aquí, en medio de nuestra realidad cotidiana, en la que somos llamados a dar un testimonio de Esperanza y de Amor sin medida. Fortalezcámonos en la alegría y la valentía pascuales que durante todo este tiempo la Palabra nos ofreció, sostengámonos en esos encuentros con el Resucitado que se nos han regalado. Él no nos deja solos.

Inma Eibe, ccv

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