REFLEXIÓN DEL EVANGELIO – PASCUA DE RESURRECCIÓN
VERDADERAMENTE HA RESUCITADO
La mañana de Pascua comienza con un desconcierto que pronto se transforma en la alegría más grande que la historia haya conocido. Ante el sepulcro vacío y las vendas por el suelo, los discípulos se enfrentan a una realidad que desborda su entendimiento, hasta que la fe ilumina el recuerdo de las promesas de Jesús. San Juan nos dice con sencillez que, hasta ese momento, no habían comprendido la Escritura: «Él había de resucitar». Ese «había de» no es una simple probabilidad, sino la necesidad de un amor que es más fuerte que la muerte y que no podía quedar retenido por ninguna losa de piedra.
La resurrección no es solo un hecho del pasado, sino el cumplimiento definitivo de la fidelidad de Dios. Si el Viernes Santo el silencio y la oscuridad parecían tener la última palabra, el Domingo de Pascua nos grita que la vida ha vencido para siempre. Jesús no vuelve simplemente a la vida de antes, sino que inaugura una vida nueva que ya nadie puede arrebatarle. Al decir que «Él había de resucitar», descubrimos que el plan de Dios siempre fue el de la esperanza; que el dolor, la traición y el abandono del Calvario no eran el final del camino, sino el paso necesario para que la luz brillara con una fuerza imparable.
Para nosotros, hoy, esta certeza lo cambia todo. Creer que Él había de resucitar significa que ninguna de nuestras «muertes» cotidianas —nuestros fracasos, nuestras tristezas o nuestros miedos— tiene poder definitivo sobre nosotros. La Pascua es la invitación a vivir con la mirada levantada, sabiendo que el Resucitado camina a nuestro lado, transformando nuestras heridas en fuentes de luz. Que esta noticia no se quede solo en el templo, sino que nos convierta en testigos alegres en medio del mundo. Porque si Él ha resucitado, nosotros también estamos llamados a nacer de nuevo cada día, llevando a todos la certeza de que el amor, efectivamente, ha ganado la batalla.
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