REFLEXIÓN DEL EVANGELIO – FIESTA DEL BAUTISMO DEL SEÑOR
Mt 3, 13-17.
El Bautismo de Jesús es un bautismo de Espíritu que expresa su radical disponibilidad con el sueño de Dios: la fraternidad humana más allá de toda norma o legalidad injusta y que reconoce la centralidad de las personas y su dignidad por encima de los intereses de las instituciones o las tradiciones. Es una experiencia fundante en la que Dios le confirma como Hijo Amado, cubriéndole con su Espíritu y capacitándole para la misión. Una misión que como leemos en la primera lectura y le segunda lectura le va a llevar a ir por la vida haciendo el bien, alentando la esperanza desde las situaciones más frágiles: la caña cascada no quebrará y la mecha vacilante no apagará, un compromiso inquebrantable con la justicia desde los más pequeños e invisibles (Act 10,34-38; Is 42,1-4.6-7).
De este modo, en Jesús, Dios irrumpe en la historia humana identificándose plenamente con ella. Por ello podemos decir que Jesús es la máxima accesibilidad de Dios, su lenguaje y su gramática, su Palabra encarnada. En Él y por Él se nos regala la experiencia de filiación que nos ayuda a vivir arraigados en el amor, como origen y fuente de la vida y hermanados con toda la humanidad y la creación. Sin embargo, esta hermandad se haya siempre amenazada por las dinámicas del egoísmo, la indiferencia, la sospecha hacia los diferentes o el individualismo que anidan también en el corazón humano y el corazón de las estructuras sociales. Por ello La fraternidad pide siempre nuestra complicidad. Nos vamos haciendo hermanos y hermanas cada vez que en nuestras opciones más cotidianas elegimos la interdependencia, la projimidad y la responsabilidad de alumbrar un nosotros inclusivo donde todas las vidas importen lo humano alcanza su sentido y plenitud.
También nosotros por el bautismo participamos de esta misión de Jesús.
¿Por dónde reconocemos hoy que la fraternidad está más amenazadas en nuestros ambientes y necesitamos renovar con más imaginación y radicalidad nuestros compromisos?
El Evangelio de hoy nos habla también de la complacencia de Dios, de su alegría plena. ¿En qué y en quienes se complace hoy Dios en nuestros contextos? ¿Cómo aproximarnos a estas realidades y personas para participar de esta alegría y plenitud y dejarnos contagiar por ellas?
Pepa Torres Pérez
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