REFLEXIÓN DEL EVANGELIO – DOMINGO XXX DEL TIEMPO ORDINARIO – Ciclo C
Lc 18, 9-14.
DOS MANERAS DE ORAR Y DE VIVIR
Jesús se dirige hoy a algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás. Y anda que no hay gente en ese grupo, que se creen perfectos y con gran facilidad andan aireando las debilidades ajenas.
Las redes sociales llenas, los partidos políticos, las empresas y hasta en las familias. Fácilmente encontramos a quienes se tienen por justos y todo lo hacen bien y aparecen como intachables, criticando implacablemente a todos los demás. También en la Iglesia se les puede encontrar y se llevan las manos a la cabeza cuando ven a un Papa pidiendo perdón por errores o abusos cometidos por algún miembro de la comunidad eclesial.
Pero nuestra actitud nunca puede ser la del fariseo, hipócrita, que se siente superior a los demás y desprecia en su interior a otros, pensando que son inferiores a él. Nuestra actitud siempre ha de ser, como la de aquel publicano, la de quien reconoce la fragilidad, la debilidad, la incompetencia, la incoherencia y la presencia del pecado, tanto en su vida como en la sociedad, y con total humildad invoca a Dios pidiendo compasión y misericordia.
Petición hecha desde un corazón contrito y humillado, sabiendo que Dios nos escucha y derrama su abundante misericordia, para hacernos sentir hijos suyos.
El fariseo salió del Templo como entró, lleno de orgullo y soberbia, pero el publicano salió «justificado», podríamos decir «misericordiado», experiencia fundamental para caminar con un corazón nuevo hacia la Pascua.
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