REFLEXIÓN DEL EVANGELIO – DOMINGO XXVIII TIEMPO ORDINARIO – CICLO A
Mt 22, 1-14.
¿TIENES LISTO TU TRAJE DE FIESTA?
Imagínate por un momento que organizas una gran celebración, de esas que preparas con meses de antelación, cuidando cada detalle y poniendo toda la ilusión del mundo. Preparas la mejor comida, la mejor música y envías las invitaciones a las personas que más quieres. Pero cuando llega el día, nadie aparece. Uno te dice que tiene tareas pendientes, otro que tiene negocios urgentes y los demás simplemente ignoran tu gesto.
Esto es exactamente lo que nos cuenta Jesús en el Evangelio de este domingo: Dios ha preparado un gran banquete de bodas para su Hijo y nos ha invitado a todos. La fe y la vida cristiana no son una carga aburrida ni una obligación pesada, sino una verdadera fiesta de amor.
A veces, al escuchar esta parábola, nos cuesta entender a los primeros invitados y nos preguntamos cómo fue posible que rechazaran una propuesta así. Sin embargo, si miramos nuestra propia rutina diaria, descubriremos que a menudo caemos en lo mismo. Nos excusamos en la falta de tiempo, en las prisas del trabajo, en el cansancio o en mil ocupaciones del día a día, y terminamos cambiando lo verdaderamente importante por lo simplemente urgente. Nos entretenemos con las cosas cotidianas y dejamos a Dios esperando en la puerta con la mesa puesta.
Pero lo más hermoso de la historia es que Dios no se rinde ni reacciona cerrando la puerta. Su corazón es tan grande que decide abrir el banquete a todo el mundo y manda a sus servidores a los cruces de los caminos para llamar a todos los que encuentren, a buenos y a malos. Ahí entramos cada uno de nosotros. No estamos en la fiesta porque seamos impecables o mejores que los demás, sino porque Dios nos ama infinitamente y nos llama tal y como somos; en la Iglesia hay sitio para todos.
Sin embargo, el relato esconde un detalle decisivo cuando el Rey entra a ver a los comensales y descubre a uno que no lleva el traje de boda. En aquella época, los anfitriones solían ofrecer la vestimenta adecuada a quienes no la tenían, por lo que ir sin el traje de fiesta no era cuestión de pobreza, sino de falta de interés. Aquella persona aceptó entrar para aprovecharse del banquete, pero sin la menor intención de cambiar su actitud ni dejar que la fiesta transformara su corazón.
Ese traje de boda representa nuestra disposición interior: es la fe viva, la coherencia, la alegría, el perdón y el amor al prójimo. Dios no busca clientes ni esclavos, sino personas felices que quieran compartir su vida con Él. La pregunta con la que podemos salir a la calle este domingo es muy sencilla: ¿con qué actitud acudo yo a la llamada de Dios cada día? Esta semana estamos invitados a quitarnos la túnica de la prisa, del rencor o de la apatía, y vestirnos con el traje de la esperanza y del servicio. El Rey nos espera en la mesa.
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