REFLEXIÓN DEL EVANGELIO – DOMINGO XXIX DEL TIEMPO ORDINARIO – Ciclo C

Lc 18, 1-8

UNA ORACIÓN Y UNA FE PERSISTENTE

El Evangelio de este domingo nos revela nuevamente la actitud pedagógica de Jesús en el anuncio del evangelio, su preocupación por hacer inteligible el mensaje. Por eso busca siempre un lenguaje sencillo que conecte con las preocupaciones y la vida cotidiana de sus interlocutores. Las parábolas responden también a esta búsqueda de inteligibilidad.

Es este caso la parábola toma como personajes centrales a dos figuras distintas: un juez, instalado en su seguridad y sus bienes y una mujer viuda, símbolo de la más absoluta indefensión, que acude al juez en busca de protección. En la lógica de la parábola el juez no actúa con la mujer movido por compasión, sino como respuesta a su insistencia, de este modo la centralidad del texto no parece estar tanto puesta en el juez como en la tenacidad de esta viuda pobre, persistente en su reclamo de justicia. Ella se convierte en un icono de la oración cristiana por su confianza en obtener lo que espera y la insistencia en presentar su necesidad.

Dios no es un juez impasible como el juez de la parábola que busca quitarse de en medio el reclamo de la viuda, pero si una persona de estas características actúa así con la mujer, ¡que no hará Dios que es todo misericordia y solidaridad amorosa!. El Dios de Jesús no es el Dios tapagujeros que soluciona de manera mágica nuestros problemas, pero está siempre atento a nuestras súplicas y necesidades. Es el impulso amoroso que desde lo más hondo de nosotros y nosotras mismas nos sostiene y nos ayuda a buscar alternativas con otras personas y grupos ante las situaciones de sufrimiento e injusticia que nos rodean. La oración es siempre eficaz porque nos pone en contacto con la fuente de todo amor y libertad que es Dios mismo y para quien nada humano le es ajeno.

Pero la oración es fruto de la fe y la fe es siempre un salto al vacío. La fe no acaba con la incertidumbre, sino que la atraviesa confiadamente. La fe es mucho más que confesar una doctrina. La fe es experiencia, una actitud básica incondicional ante el misterio de la vida y el Dios que nos sostiene. Es apertura y confianza y tiene siempre como frutos el amor y la esperanza.

En nuestras sociedades la seguridad y la comodidad se han convertido en ídolos a los que fácilmente rendimos culto y nuestros deseos más hondos son manipulados y “domesticados” por la sociedad de consumo. La pregunta por el sentido se va desdibujando hasta hacerse superflua o se adapta a espiritualidades ligth que nos salen al paso con ofertas de salvación centradas en el ego y descomprometidas con la projimidad y con la historia. En este contexto Jesús nos pregunta hoy por nuestra fe y por nuestra oración.

¿Como mantenerlas vivas?
¿Qué podemos aprender de la persistencia de esta viuda de Evangelio?

Pepa Torres

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