REFLEXIÓN DEL EVANGELIO – DOMINGO II DEL TIEMPO ORDINARIO – CICLO C
HACED LO QUE ÉL OS DIGA
Dos esposos que se aman. Un banquete de bodas en el que el vino corre sin cortapisas. Y en medio de la fiesta, María, atenta para servir. Jesús también está en esta boda, con sus discípulos alegrando y alargando la fiesta, haciendo su primer milagro.
No son meras coincidencia. Está todo buscado y medido. Hay signos que expresan realidades muy hondas, verdades muy importantes y hoy la Palabra de Dios nos pone delante del signo fundamental: el amor.
Quiere decirnos Dios, en primer lugar, que el amor es bueno; que es una señal, una huella que Él ha dejado en el hombre. Entonces toma como base el amor que el hombre siente hacia su esposa para explicarnos nada menos el amor que Él siente hacia su pueblo: » la alegría que encuentra el marido con su esposa, le encontrará tu Dios contigo». Así nosotros, viviendo aquí, a ras de tierra, ese amor nuestro entre iguales, generoso, fuente de alegría y de bendición, nos sentiremos invitados a mirar hacia arriba, a tratar de hacernos una idea de lo grande y alegre, de lo fiel y gratificante que debe ser el amor que Dios nos tiene. Es como decir que el amor es limpio, digno, algo que viene de Dios y que a Él debe llevarnos. Es como pedirnos que comprendamos que Dios no tiene que salirse fuera para salvarnos: lo hace desde esta realidad humana que Él creó; ayudándonos a verla como Él la ve; limpiando las adherencias que manos extrañas le han ido pegando; evitando aguar la vida, quitando todo lo que arruine la alegría que produce el vino del amor, haciendo de ella un espejo, una señal, un camino y una huella de su presencia.
Jesús es el vino nuevo, el rito nuevo, la entrega nueva, la alegría que nunca puede faltar en medio de los hombres y mujeres que se aman. Por eso, ante cualquier atisbo que arruine la alegría de la fiesta, está la Madre, María, atenta para interceder por nosotros ante su Hijo: «Haced lo que Él os diga».
Nuestra tarea no es otra que intentar seguir cambiando el agua en vino, hacer de la vida una fiesta, que al fin y al cabo es el gran objetivo del Evangelio.
Estamos llamados a vivir la Eucaristía, como se vive un banquete de bodas, ¡ojo que a veces nuestras celebraciones huelen a añejo, a rutina, a rito para muertos, a aburrimiento total, y en cambio, si el novio está con nosotros, participar del banquete de bodas de la eucaristía es poner alegría donde hay tristeza, amor donde hay odio, unidad donde hay división. Este es el signo de la presencia de Jesús en nuestra vida. ¡Venid a la boda!, que no nos falte la alegría en la vida y el entusiasmo en la Iglesia.
¡Feliz Domingo!
Fray Manuel Díaz Buiza
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