REFLEXIÓN DEL EVANGELIO – DOMINGO DE PENTECOSTÉS

COMO UNA BRASA INEXTINGUIBLE

Celebramos este domingo la fiesta de Pentecostés, la recepción del espíritu del
Resucitado por parte de las primeras comunidades cristianas. Esta fiesta se arraiga
en la tradición judía de la Celebración de las cosechas, que se celebraba 50 días
después de la Pascua, y se ofrecían los primeros frutos. Una fiesta de
agradecimiento y fecundidad. El Pentecostés cristiano nos recuerda que la
humanidad no está abandonada de la mano de Dios, sino que el espíritu del
Viviente está presente en nuestro mundo y en la hondura del corazón humano y
que acude siempre en auxilio de nuestra debilidad (Rm 8,26). Los textos de estos
días se refieren al Espíritu como Paráclito, es decir, el que alienta y consuela. Asi le
sucedió a la primera comunidad cristiana, que como nos recuerda el evangelio de
hoy se encontraban desconcertados e inseguros tras la muerte de Jesús: en una
casa con las puertas cerradas, por miedo a los judíos. ¿Cómo llevar adelante su
encargo de hacer del mundo un banquete sin primeros ni últimos en medio de tantas
dificultades, frente a una realidad que se les resiste?
Probablemente también nosotras y nosotros hoy podemos experimentar algo
similar. La impotencia, el miedo, el desconcierto y la incertidumbre nos atraviesan
como personas y comunidades en el contexto global de un mundo en guerra contra
la vida como es el nuestro. Pero el Paráclito es también Restaurador de sueños y
Engendrador de resistencias. Como señala Leonardo Boff el Espíritu aparece
siempre como resistencia, elevándose por encima de todos los odios, esperando
contra toda esperanza. El espíritu es esa pequeña brasa que se oculta en el rescoldo.
La lluvia apaga la llama, el viento disipa el humo, pero debajo de todo sigue una
brasa encendida, inextinguible… El espíritu sostiene el débil aliento de vida en el
imperio de la muerte. Pero para ello es imprescindible la experiencia comunitaria,
porque la resistencia y la esperanza para poder abrirse camino en la historia,
necesitan tramarse entre muchos, trenzarse en colectivo. Por eso el Espíritu se
recibe en comunidad, a la vez que uno de sus frutos más fecundos es su
fortalecimiento, desde la diversidad de dones, carismas y ministerios.
Pero el Evangelio de este domingo nos recuerda también algo sumamente
importante: el Espíritu brota del costado y las manos heridas del Resucitado, no es
ajeno por tanto a la violencia, la injusticia y al sufrimiento. No se nos ofrece pese a
ellos, sino que desde ellos mismos se derrama como aliento, como resistencia, como
lucidez, como energía, para atravesar la densidad de los infiernos humanos y
enfrentarlos, como contrarios a la vida, urgiéndonos a denunciarlos y a buscar
colectivamente terminar con ellos. Por eso celebrar Pentecostés es
siempre incómodo y desinstalador. La paz que nos regala el Espíritu no es
tranquilizadora sino una provocación honda para ser iglesia en
salida, para desordenar el mundo hasta que la humanidad y la creación sean
reconciliadas. Por eso recibir el Espíritu nos urge siempre a la misión, Una misión
que no se sostiene en nuestras propias fuerzas, sino que es recibida y
alentada como una brasa inextinguible que nos mueve siempre agradecimiento y
gratuidad. ¿Sentimos su ardor?

Pepa Torres Pérez

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