REFLEXIÓN DEL EVANGELIO – DOMINGO 24 DEL TIEMPO ORDINARIO – CICLO B

¿QUIÉN DECÍS QUE SOY YO?

Mc 8,27-33
El Evangelio de este domingo ocupa un lugar central en la narración de Marcos y
nos recuerda una vez más que la Buena noticia de Jesús, su estilo de vida y
propuesta es liberadora y felicitante, pero tiene consecuencias que hemos de
afrontar. El Evangelio no es un tranquilizante, sino más bien un despertador de
conciencias, como leemos también en la primera lectura de este domingo: El Señor
me abrió el oído; y no resistí ni me eché atrás (Is 50, 5-9ª). Un aguijón que nos
empuja a salir de nuestras zonas de confort hasta hacer del mundo un banquete sin
primeros ni últimos.
Por eso el episodio de Cesarea puede resultarnos sumamente familiar. Jesús y sus
discípulos atraviesan este lugar caracterizado en aquel tiempo por su gran
diversidad cultural y religiosa, al igual que muchos de nuestros barrios y ciudades
hoy. Por eso un primer aprendizaje que podemos sacar del texto es constatar como
a Jesús transitar estos no le resultan amenazantes, sino una oportunidad desde
donde compartir la Buena Noticia de la universalidad del Amor, la fraternidad y la
sororidad humana. Es desde este lugar concreto, en esa realidad diversa y plural
donde conviven distintos cultos y ofertas de sentido donde Jesús se interroga sobre
sí mismo y su proyecto: ¿Quién dice la gente que soy yo?, o dicho de otra
manera: ¿Qué sentido tiene para la gente la propuesta de vida que comparto? ¿En
qué y cómo conecta con sus búsquedas y anhelos más hondos, sus esperanzas y sus
interrogantes más profundos?
Jesús, al hacer esta pregunta, nos recuerda implícitamente que la fe ha de dialogar
siempre con las culturas y tomarse en serio a sus interlocutores e interlocutoras.
Los otros y otras no son meros destinarios u objetos de evangelización, sino sujetos y
por tanto también portadores del Misterio,  donde el espíritu y el misterio de Dios
también habitan, con capacidad de ser oyentes de la Palabra (Rahner). Retomar
estas preguntas como comunidades cristianas y dejarnos afectar por las respuestas
para hacer cambios pertinentes, en nuestros lenguajes, formas, y modo de
acercamiento a la realidad y a las personas, sigue siendo uno de nuestros mayores
desafíos como iglesia.
Pero la pregunta de Jesús se hace aún más incisiva cuando se dirige directamente a
sus más íntimos: ¿Y vosotros quién decís que soy yo? Como le sucedió a los
discípulos, el modo de responder a ella no es una mera formulación teórica sino
una posición existencial, una forma de situarnos en la vida y ante los demás al
modo de Jesús. Confesarle como Cristo significa narrar en gestos y palabras su
buena Noticia de liberación en nuestros ambientes, desde la vulnerabilidad
asumida pero también, desde la confianza que nos recuerda la primera lectura: “El
Señor Dios me ayuda” (Is) y hacerlo asumiendo todas sus consecuencias.
Porque el mesianismo de Jesús no es triunfalista, sino compasivo y kenòtico y
conlleva siempre una dimensión conflictiva. Algo que a nosotras y nosotros, como a
sus discípulos, nos cuesta reconocer, resistiéndonos a ella. Pero para Jesús, negarla
como hace Pedro no es solo una ingenuidad, sino edulcorar la profecía del
Evangelio y tentar a Dios. Hacer de la memoria peligrosa de Jesús, una memoria

domesticada. Esta es quizá una de las principales paradojas del Evangelio, que es a
la vez Bienaventuranza, Buena Noticia pero también signo de contradicción.
¿Quién es para nosotros y nosotras Jesús hoy y qué aspectos de su mesianismo
compasivo y kenótico se nos hacen más cuesta arriba en este momento de nuestra
vida?

Pepa Torres

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