REFLEXIÓN DEL EVANGELIO – DEDICACIÓN DE LA BASÍLICA DE LETRÁN – DÍA DE LA IGLESIA DIOCESANA

Jn 2, 13-22.

No convirtáis en un mercado la casa de mi Padre

Cuando Jesús entró en el Templo aquel día debió sentirse profundamente defraudado, poco se diferenciaba aquel lugar sagrado, de un «centro comercial» de aquella época. Se cambian monedas, se venden palomas, bueyes, ovejas y demás animalitos para los sacrificios. Todo organizado para que el Templo surta a las necesidades de aquellos que llegan como peregrinos al lugar santo, donde Dios habita y se le da culto.

Imaginando aquel lugar comprendemos perfectamente la reacción de Jesús, volcando mesas y ahuyentando animales, enojado con esa concepción mercantilista de la religión. Los hombres llegaban al Templo para «comprar el favor de Dios y aplacar su ira» antes que para orar con un corazón agradecido por su gran bondad y misericordia.

Entendemos que en algunos lugares de culto, actuales, se posibilite la adquisición de objetos de recuerdo, y flores o velas para ofrecer. Tendremos que tener cuidado para que no se confundan los términos y volvamos (o sigamos) a relacionarnos con Dios siguiendo un estilo mercantil, como quien compra favores. Nuestras ofrendas siempre han de hacerse con un profundo sentido cristiano, no debemos ofrecer sino nuestro compromiso de unirnos firmemente a Jesucristo. Teniendo una clara conciencia de que somos el templo vivo de Dios, nos ofrecemos nosotros antes que ofrecer cosas.

La traducción a nivel doméstico sería aquel padre que regala constantemente cosas a sus hijos, y regala y ofrece cosas y más cosas, pero él no se sienta nunca a jugar, a hablar, a escuchar a sus hijos; sin darse cuenta de que sus hijos no quieren sus cosas sino que lo quieren a él. Igualmente, Dios nos quiere a nosotros no nuestras cosas.

La mejor manera de celebrar la fiesta de la dedicación de un templo es tomando conciencia de que somos, cada uno, ese templo que Dios ha levantado en medio del mundo.

SIEMPRE ADELANTE

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