REFLEXIÓN DEL EVANGELIO – DOMINGO XXX TIEMPO ORDINARIO – CICLO A

Mt 22, 34-40.

El peligro de poner a Dios a prueba y la belleza de amar sin condiciones

Hay una escena en el Evangelio de este domingo que esconde un espejo incómodo en el que a menudo nos cuesta mirarnos. Un doctor de la Ley se acerca a Jesús con una pregunta técnica, pero la intención profunda no es aprender, sino ponerlo a prueba. Quiere medir al Maestro, ver si encaja en sus propios esquemas, ver si cae en la trampa.

Si nos adentramos con honestidad en el corazón, descubriremos que esa actitud no nos es del todo ajena. Con bastante frecuencia, los creyentes caemos en el hábito sutil de poner a Dios a prueba. Le imponemos nuestras propias condiciones y baremos para otorgarle el título de «Señor». Mientras la vida discurre por los derroteros que nosotros consideramos oportunos —cuando hay salud, estabilidad económica, proyectos que florecen o tranquilidad familiar—, nos resulta muy sencillo proclamar que Dios es bueno y que lleva el timón de nuestra existencia. Pero basta con que los planes se tuerzan, con que irrumpan la enfermedad, el desempleo o la pérdida, para que retiremos nuestro reconocimiento. Medimos el amor de Dios por los resultados inmediatos de nuestra vida cotidiana y, cuando Él no actúa como un ejecutor de nuestros deseos, nos sentimos decepcionados.

Lo verdaderamente revolucionario del texto es la reacción de Jesús. Lejos de entrar al trapo, lejos de engancharse en una discusión defensiva o señalar con el dedo la trampa del letrado, el Señor pasa por alto la provocación y va directo al corazón de la cuestión. Nos rescata del terreno del juicio y nos devuelve a lo esencial, a aquello para lo que hemos sido creados. No hemos venido al mundo para discutir con Dios ni para pedirle cuentas, sino para vivir una historia de amor con Él. Por eso su respuesta corta de raíz cualquier pretensión de poder: lo primero, lo fundamental, es amar al Señor nuestro Dios con todo el corazón, con toda la mente y con toda la alma.

Este mandato, que puede sonar a fórmula piadosa, adquiere una profundidad transformative cuando nos detenemos a desgranar lo que implica entregarle a Dios cada una de esas tres dimensiones de nuestro ser.

Amar a Dios con el corazón no significa limitarnos a sentir bonitas emociones en un momento de oración. El corazón en la Biblia es la sede de los afectos y de las intenciones más íntimas; amarlo desde ahí es educar nuestros deseos para que el Señor sea el verdadero centro de nuestras alegrías, nuestros consuelos y nuestras ansiedades. Es cultivar una relación viva y sincera, en la que somos capaces de hablarle a Dios como un hijo habla a su padre, compartiendo tanto la gratitud como el cansancio.

Por su parte, amar a Dios con la mente exige involucrar la inteligencia y la voluntad. No estamos llamados a una fe ciega o infantil, sino a poner el pensamiento, el estudio y el discernimiento al servicio de la Verdad. Amar con la mente es formarnos, leer la Palabra con ganas de comprenderla, y utilizar nuestra razón para buscar el bien en las decisiones diarias. Implica también limpiar nuestra mente de juicios, rencores o pensamientos que destruyen la paz y nos alejan del perdón.

Finalmente, amar con el alma toca lo más profundo de nuestra identidad. El alma representa el aliento de vida, el núcleo misterioso donde habita la gracia. Amar desde el alma es reconocer que nuestra existencia no nos pertenece del todo, que estamos hechos para la eternidad. Es vivir con sentido de trascendencia, alimentándonos de los sacramentos y sosteniendo la esperanza incluso cuando las fuerzas físicas fallan o cuando la vida nos somete a la prueba de la fragilidad.

Al final, la propuesta de Jesús para este domingo nos invita a cambiar el chip: pasar de una fe de exigencias y pruebas a una fe de entrega confiada. Quizá la mejor clave para esta semana sea revisar en qué parcelas de nuestra vida le estamos poniendo condiciones a Dios y, ante cualquier contrariedad, atrevernos a decir en silencio: «Señor, no entiendo lo que ocurre, pero hoy elijo confiar en ti y amarte con todo lo que soy».

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *