REFLEXIÓN DEL EVANGELIO – IV DOMINGO DE PASCUA – CICLO C

Jn 10, 27-30.

YO LES DOY LA VIDA ETERNA

El evangelista san Juan ha recogido las palabras de Jesús al presentarse como Pastor Bueno. En el pasaje que la Liturgia nos ofrece este año, Jesús nos descubre que la bondad de su pastoreo reside en la comunión con el Padre. Él es el Pastor Hijo, que nos comunica su vida filial, para que nosotros, siendo sus ovejas, lleguemos a ser hijos de Dios. Lo propio de las ovejas de este Pastor es que han recibido la filiación. Las palabras de Jesús nos enseñan que Jesús es el Pastor Bueno porque, siendo el Hijo amado del Padre, da la vida por sus ovejas. Al Buen Pastor corresponden buenas ovejas. Su bondad reside en vivir conforme a la dignidad recibida de hijos de Dios.

Cuatro rasgos distinguen a las ovejas: escuchan, siguen al Pastor, permanecen en la vida perdurable y sienten el abrazo fuerte de Quien las protege; nadie las arrebata de su mano. Cuatro rasgos definen también al Buen Pastor: conoce a las ovejas, les da la vida eterna, las aferra con su mano y las recibe del Padre, pues es uno con Él. En el pastoreo del Hijo, las ovejas experimentan la firmeza y la ternura del Padre.

En el camino de la Pascua, el Domingo del Buen Pastor es también la Jornada Mundial de Oración por las vocaciones. Se nos pide, en este día, orar por todas las vocaciones en la Iglesia, especialmente por las de especial consagración. La oración dispone el corazón humano a acoger la voluntad del Señor. Es necesario llevar a la oración la pregunta más importante de la vida humana, aquella de la que depende la felicidad que podemos empezar a disfrutar en este mundo: Señor, ¿qué quieres de mí? En el Evangelio de este domingo, Jesús nos ayuda a encontrar la respuesta: Mis ovejas escuchan mi voz y me siguen. Ahí está el secreto de la vocación: escuchar a Cristo y seguirle; vivir aferrados a la mano del Padre.

Alfa y Omega

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