REFLEXIÓN DEL EVANGELIO – DOMINGO VIII DEL TIEMPO ORDINARIO – CICLO C
Lc 6, 39-45
HUIR DE LAS APARIENCIAS
El Evangelio de este domingo resume varios proverbios bien conocidos, algunos ya preparados por la primera lectura de la Misa. En primer lugar, Jesús señala que un ciego no puede guiar a otro ciego, puesto que los dos caerán en el hoyo; en segundo lugar, se recuerda el vínculo del discípulo con el maestro; en tercer lugar, a través de la imagen de la viga y la mota en el ojo, el Señor previene contra la hipocresía de juzgar al hermano al mismo tiempo que justificamos nuestros propios errores; en cuarto lugar, Jesús carga contra el juicio sobre las apariencias, ya que el árbol se valora por lo que produce y no por lo que parece ser. Para resumir esta doctrina, el Señor dirige su atención hacia lo más íntimo del hombre: su corazón. De ahí nace todo lo bueno o malo que puede decir o hacer alguien.
Estamos, pues, ante el núcleo de las enseñanzas orales del Señor. Jesús lleva tiempo ya predicando y es un referente indiscutible como maestro. Su misión es anunciar el Reino de Dios. Y mediante estos proverbios descubrimos nuevamente que el designio de Dios hacia los hombres no obvia la realidad y las tendencias concretas de cada uno: seguir a quien deslumbra, pero, en cambio, solo encubre falsedad; realizar juicios apresurados sobre otros, al mismo tiempo que somos indulgentes con nosotros mismos; descartar con rapidez a quien no se ajusta estrictamente a nuestros esquemas preconcebidos sobre la realidad. Frente a estas tentaciones, el Señor propone no solamente valorar el interior de los demás, sino cambiar nuestro corazón. Así pues, el Evangelio nos ayuda a percibir que la construcción del Reino de Dios está estrechamente unida con la búsqueda de lo que permite al hombre crecer humanamente. La propuesta del Señor no es una doctrina meramente «de fe» o una enseñanza simplemente «humana». Ambas dimensiones van siempre de la mano, y así quiere hacérnoslo ver este domingo el pasaje que leemos.
Daniel Escobar Portillo
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