REFLEXIÓN DEL EVANGELIO – DOMINGO 27 DEL TIEMPO ORDINARIO – CICLO B
YA NO SON DOS, SINO UNA SOLA CARNE
Las escuelas rabínicas solían presentar las normas mosaicas como una dadivosa concesión de Yahvé. Jesús rompe con esa idea: es la dureza de corazón de muchos (el acta de repudio era muy común, pero dejaba en muy lugar, desasistida y sola a la mujer) la que ha obligado a regular el divorcio. Pero no es de leyes de lo que viene a hablar el Señor, sino de amor. De confiada entrega recíproca de los esposos, de alegre plenitud contenida en el otro, el que no soy yo, el que no es como yo. Una sola carne, sí, pero sin mezcla ni confusión: los esposos alcanzan un punto en el que se hacen uno sin dejar de ser dos, sin renunciar a la propia identidad. Tal como sucede en la eucaristía, los esponsales de Cristo con su Esposa, la Iglesia: nos hacemos uno en el cuerpo místico a cuya cabeza está el Señor, pero no dejamos de ser hombres aunque Dios haya entrado en nosotros y Dios no deja de ser Dios aunque se haya hecho hombre.
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